El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI

Cuando los británicos llegaron a Roanoke (una de sus colonias en el Nuevo Mundo) se percataron de que todos sus habitantes se habían esfumado. Solo hallaron una palabra tallada en un árbol: «Croatoan»
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Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

Si algo ha demostrado la Historia es que, independientemente de los años que se vayan acumulando en el calendario, existen misterios cuya solución quedará oculta en los albores del tiempo. Así ha quedado claro gracias a sucesos inexplicables como la muerte de Amelia Earhart durante el S.XX o, viajando algunos siglos en el tiempo, lo que acaeció con más de un centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de la colonia inglesa de Roanoke (en el Nuevo Mundo). El devenir de aquella comunidad es, a día de hoy, un enigma sin resolver que desconcierta al mundo. Y es que, cuando los británicos llegaron a lo que había sido un próspero fuerte habitado por sus paisanos en el Norte de América (y que había pasado tres años incomunicado debido a la guerra contra España) hallaron una ciudad totalmente desierta y tan solo una palabra escrita en un árbol: «Croatoan».

A pesar de que este misterio lleva décadas desconcertando a la humanidad, este agosto ha vuelto a salir a luz después de que un equipo de arqueólogos haya dado a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin (y más de 400 años después) qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.
Una carrera por el Nuevo Mundo

Para hallar el origen de esta colonia perdida es necesario viajar en el tiempo hasta el S.XVI. Los de entonces eran momentos de conquista de territorios inexplorados, años en los que cualquier pordiosero de malvivir se ataba un cuchillo al cinto y, a cambio de unas monedas, se subía a un cascarón de madera para partir hacia el Nuevo Mundo en busca de riquezas. Poco importaban a los desgraciados que sentaban sus posaderas en aquellos buques sobrevivir al peligroso viaje (plagado de enfermedades, temporales y piratas) que se les avecinaba a través del Atlántico, pues la promesa de expoliar hasta la última onza de oro y plata de los nativos y vivir como unos señores por aquellos lares les era suficiente.
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Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

Cuando el calendario marcaba aquellos días, en Europa era bien conocido por todos que el máximo exponente de conquista y expansión en territorio americano era la vieja España. Al fin y al cabo, por algo se había dejado los cuartos financiando a Cristóbal Colón y, posteriormente, había fomentado los viajes de ilustres exploradores (o asesinos, según a quien se le pregunte) como Francisco Pizarro o Hernán Cortés. Poco podían hacer otras naciones para tratar de equipararse al poderío de Felipe II. Ni siquiera la todopoderosa Isabel I (soberana de Inglaterra e Irlanda) tenía capacidad de igualar a la Flota de Indias de la Armada hispana, los gigantescos convoys que partían periódicamente desde la Península hacia el Nuevo Mundo para volver cargados de riquezas.

La situación era inigualable para los de Felipe II. Al menos en un principio, pues debió ser que, hasta sus reales narices de que España se enriqueciera sin dejar ver ni una moneda a sus islas, Isabel I se empeñó en poner zancadillas a nuestro país patrocinando a algunos piratas (o corsarios, como los llamaba finamente su majestad, a pesar de que la práctica era la misma) tan conocidos como Francis Drake. A su vez, a la reinona no se le ocurrió otra cosa que fomentar la llegada de sus súbditos al Nuevo Mundo ofreciéndoles a cambio llenar sus bolsillos. Y es que, por entonces se hacía válido aquello de «el primero que llega elige» (o, en este caso, se queda con la tierra) y, cuanta más tierra pudiera arrebatarle a aquellos malditos hispanos, mejor para ella.

«La ambición de los ingleses era ensombrecida por las hazañas españolas en América […] y las fundaciones subsecuentes de colonias a lo largo del continente americano. Pero, a pesar de lo poco que Inglaterra logró durante la primera mitad del S.XVI, los descubrimientos y conquistas españolas estimularon el expansionismo inglés en la segunda mitad del siglo, cuando la actividad inglesa en América gradualmente se desplazó a un nuevo plano y conduciría a que Inglaterra intentara implantar sus propias colonias», explica Pedro Chalmeta Gendrón, catedrático de Estudios árabes e islámicos por la Universidad Complutense de Madrid, en su dossier «Los proyectos coloniales ingleses del S.XVI y el ejemplo español» (ubicado en la obra «Cultura y culturas en la historia»).
Virginia, el futuro Roanoke

Con la reina bendiciendo con dinero y tierras a todos aquellos con arrestos suficientes para hacer un viaje de semanas a través del temible Atlántico, muchos ingleses le echaron lo que había que echarle y organizaron varias expediciones hacia el Nuevo Mundo con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Humphrey Gilbert, un militar cuarentón que -en 1583- soñaba con llegar a ser todo un rey de la futura América. Su idea, más que ambiciosa, era que tanto los colonos ingleses como los nativos le pagaran a tocateja para poder vivir en el Norte de América. La fantasía le duró poco, pues se fue al otro barrio ese mismo año dejando tras de sí un reguero de sueños sin cumplir.

El relevo de este británico lo tomó su hermanastro, Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición con una un par de buques para hacer realidad los deseos de la reina y llenar, de paso, su bolsa. «Raleigh […] obtuvo de la Reina Isabel nuevas cartas patentes conforme a las que se habían extendido para Gilbert y, acompañado de algunos hombres generosos que tomaron parte en sus proyectos, hízose a la vela el 27 de abril de 1584 con dos embarcaciones […] cuyo mando estaba confiado a Felipe Amidas y Arturo Barlow. Partieron con derrotero para las islas Canarias y de las Antillas, como por entonces se acostumbraba, desde cuyas islas siguieron adelante subiendo hacia las costas del continente», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América».
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Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Aquella expedición fue todo un éxito para los bebedores de té, que arribaron a América del Norte sin apenas dificultades y lograron contactar con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo. Allí se asentaron durante algunos meses. Posteriormente, volvieron felices a su hogar cargados con productos típicos de la zona. «Después de este descubrimiento regresó la expedición a Inglaterra, y las comarcas que acababan de reconocerse recibieron el nombre de Virginia, que le daban los indios, ya fuese por exceso de lisonja a la reina Isabel, que hasta entonces había permanecido soltera», añade Roux de Rochelle en su libro.
El nacimiento de la colonia maldita

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh. De hecho, tan bien le fueron las cosas que el británico decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas, por lo que decidió quedarse en las islas y nombró capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos. Frente a él estaba el Atlántico, los odiados súbditos de Felipe II, y la eternidad.

Los que viajaban en esta segunda expedición eran soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona. Con todo eso en su cabeza, los británicos llegaron a las costas del Nuevo Mundo y, ya en tierra, decidieron explorar pormenorizadamente el terreno para seleccionar donde establecerían su asentamiento. La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues –según creían- gozaba de un clima envidiable.
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Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

Decidido el emplazamiento, Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento […] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», determina el autor francés. Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus «croatoan» y «secotan») a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído. «Los hombres que tomaban parte en esta clase de expediciones eran de tal manera arrastrados por el cebo de las riquezas del Nuevo Mundo, que creían no tener más que desembarcar y penetrar en el interior para alcanzarlas con la mano. Tomaron entonces la dirección del occidente hacia el fondo de la bahía […] y subieron la corriente de un rio con la esperanza de descubrir minas de oro. […] Más este viaje no tuvo resultado alguno», completa el galo.
La primera huida general

Sin haber encontrado ni una mísera onza de oro y sin tener nada que llevarse a la boca, los ingleses terminaron haciendo lo que mejor sabían… abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas y abusivas para obtener todavía más comida de los nativos. Solo era cuestión de tiempo que aquella situación estallase sin remedio.

Al final, hasta la coronilla de buscar sin éxito las riquezas que les habían prometido, y sabiendo que los indios estaban hasta la misma parte de su saqueo, aquellos soldados que habían cruzado el Atlántico varios meses antes tomaron sus pertenencias y se marcharon al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que, en palabras de Roux de Rochelle, pasó con una «flota de 25 velas» por la zona y se ofreció a devolverles al calor de Gran Bretaña. Todo ello, por cierto, después de haber molestado a los españoles saqueando Santo Domingo. Así pues, y con un sonoro «goodbye», abandonaron aquel fuerte sin dejar ni un hombre para defender las posesiones de su graciosa majestad en el Nuevo Mundo. Cuando se marchó de aquel lugar, Lane señaló que solo «el descubrimiento de una buena mina […] o de un paso hacia el mar del sur o alguna forma para ello, y nada más, puede hacer que este país sea habitado por nuestra nación».
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Sir Francis Drake. Pirata para muchos, héroe para los que menos

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.
Una nueva expedición y una primera desaparición

Podría parecer que los ingleses habían aprendido la lección, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. La partida, además, fue ideada de una forma diferente. En lugar de soldados viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región. Según pensaron, ya habría tiempo de liarse a mamporros con el enemigo una vez que los nuevos viajeros hubiesen rebajado la tensión creada por sus anteriores compañeros en el lugar.

El por qué siguieron intentando crear una colonia en el Nuevo Mundo, a pesar de los peligros que suponía y que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes, es simple. «Ellos veían la colonización ultramarina como una fuente de riquezas como la que había fortalecido el poderío español, y querían bases en el Nuevo Mundo desde las cuales Inglaterra prosiguiera su guerra con España. Además, los proponedores de la colonización americana relacionaban la “plantación” colonial con el bien de la sociedad y la economía de Inglaterra. Alegaron que esto aliviaría los problemas sociales internos al proporcionar una salida a los desempleados y pobres», explica Pedro Chalmeta Gendrón en «Cultura y culturas en la Historia». No obstante, Raleigh tuvo que prometer entregar un trozo de tierra en los futuros Estados Unidos a todos aquellos que se unieran a la expedición. Al final, el dinero pudo más que el miedo.
Las tribus hostiles

Sin poder desentrañar el misterio, los colonos empezaron a instalarse en Roanoke. Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Si ya de por si la tensión campaba a sus anchas por Roanoke, finalmente la paciencia de los colonos se acabó un año después cuando un indio asesinó a un habitante de la colonia sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque ordenó a los ciudadanos dos cosas antes de subir sus posaderas al navío. La primera fue no salir del fuerte si la situación no era extrema. La segunda consistía en que, si eran atacados por indios o españoles, dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte: una Cruz de Malta. De esa forma, cuando él llegase, sabría que habían tenido problemas y que se habían visto obligados a marcharse.
Un misterio sin resolver

Con una misión que cumplir a sus espaldas, White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke pero que, como tantos otros, prefería dirigir sus negocios desde la metrópoli que arriesgar su vida en el Nuevo Mundo. De él pretendía obtener dinero y hombres para ayudar a los compañeros que se habían quedado en la colonia. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II. Es decir, tras el comienzo de la guerra que enfrentó a Gran Bretaña y España en el S.XVI y que daría lugar a una de las operaciones navales más grandes de la historia, el desastre de la «Grande y Felicísima Armada»

¿Por qué no pudo obtener ayuda? La respuesta es sencilla. La reina necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles, por lo que White tuvo difícil hacerse con uno. Tampoco le ayudó demasiado su patrón. «Raleigh había agotado tan inmensos recursos para sostener los establecimientos primitivos, que abandonó a otras manos la consecución y cumplimientos de sus vastos designios: la guerra que acababa de declararse a España le ofrecía por otra parte nuevos medios de satisfacer su ambición de gloria y de valimiento, prefiriendo trabajar a la vista de Europa, y atraer por sus hazañas la mirada de su soberano», explica el historiador francés en su obra. Así pues, cansado de derrochar oro y oro en una empresa que no le estaba reportando más que disgustos, cedió sus derechos sobre Roanoke y Virginia a una empresa privada. Las cosas se ponían difíciles para el gobernador, que ahora se veía encerrado en Gran Bretaña y sin posibilidad de socorrer a los colonos.
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Dibujo elaborado por White de los indios que habitaban en Roanoke

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Tres años después de partir dejando a su suerte a más de un centenar de hombres, mujeres y niños. Fue en marzo cuando finalmente logró hacerse a la mar con destino hacia el Nuevo Mundo en una expedición privada que aceptó dejarle en la isla. Con todo, no llegó hasta la bahía de Chesapeake hasta agosto, pues en su camino hicieron algunos parones para saquear buques españoles.

En agosto de 1590, cuando White y otros tantos hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra “Croatoan” escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

En principio, White consideró que la palabra podría significar que los colonos se habían marchado a vivir junto a los indios croatoan. Sin embargo, no pudo llegar a averiguarlo, pues una gigantesca tormenta cayó sobre al día siguiente e impidió al navegante revisar la zona. Finalmente, el gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».
Nuevos indicios

Desde 1590, los arqueólogos han estado investigando las posibles causas del abandono de Roanoke y el paradero de los más de 100 colones que la habitaban. Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después (hace menos de un mes, concretamente), Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que –a falta de las pruebas pertinentes- podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y –en la mayoría de los casos- los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana. Con todo, habrá que esperar a un análisis más exhaustivo de las piezas para poder determinar si datan del S.XVI o no.

Fuentes: ABC.ES

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