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Expedientes secretos de la Segunda Guerra Mundial. Autor: Óscar Herradón Ameal



Sinopsis:

Más de setenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial quedan muchas preguntas sin responder sobre lo que sucedió entonces. La guerra secreta que se libró lejos del frente por oficiales de los servicios secretos, agentes dobles, timadores, falsificadores e incluso actores, fue decisiva para decidir el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, existen todavía numerosos claroscuros, cuando no vacíos de información, sobre episodios que fueron clave. ¿Quién fue el judío que espió para los nazis en Tierra Santa? ¿Estuvo Hitler cerca de conseguir la bomba atómica? ¿Sabías que hubo actrices de cine infiltradas en el corazón del Tercer Reich? ¿Y que en aquella guerra se llevó a cabo la operación de falsificación de moneda más ambiciosa de la historia? ¿Sabías que un cadáver ayudó a los aliados a desembarcar en Sicilia? ¿O que la mafia realizó un pacto secreto con el gobierno americano para colaborar en la causa bélica? El FBI de J. Edgar Hoover, los servicios secretos de Stalin, el crimen organizado, los teóricos raciales de Himmler, los instructores y agentes del SOE, magos y analistas de datos, espías como Cicerón o A-54,brutales guardias de los campos de concentración o delincuentes reconvertidos en libertadores, jalonan éstas vibrantes páginas y dan forma a los Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial, una visión que intenta acercarse lo máximo posible a la verdad sobre aquel tiempo de sangre y fuego.

Acerca del autor:

Óscar Herradón Ameal es licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es redactor jefe de la revista Enigmas, editada por Prisma Publicaciones (Grupo Planeta) y colaborador habitual de Historia de Iberia Vieja, entre otras publicaciones, y de diversos programas de radio y televisión. Es autor de diversos libros, entre ellos Los magos de la guerra (Libros Cúpula, 2014).

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El ADN desvela los secretos de los rapanuis

No hay restos genéticos del contacto entre los antiguos habitantes de la Isla de Pascua y nativos americanos antes de la llegada de los europeos
 
Aún quedan misterios por desvelar de los constructores de los moais de la Isla de Pascua. Terry Hunt Los rapanuis, los pobladores de la Isla de Pascua, no tuvieron ningún contacto con los nativos americanos hasta la llegada de los europeos. O, si lo hubo, no dejó rastro en sus genes. Eso es lo que sostiene un estudio que ha analizado ADN antiguo de los pascuenses. Estos resultados cuestionan investigaciones previas que defienden que sí hubo contacto y que pudo producirse varios siglos antes.

La historia como pueblo de los rapanui estaba llena de misterios que la ciencia ha ido desvelando en las últimas décadas. La arqueología estimó que llegaron a la Isla de Pascua en torno a 1200 de esta era. La genética demostró después que la teoría sobre su origen polinésico era la acertada. Pero, ¿estos navegantes que venían del oeste se aventuran aún más allá hasta América? ¿Los amerindios arribaron a las costas de la isla? ¿O nunca hubo un contacto entre rapanuis y nativos americanos antes de que los europeos empezaran a visitar la isla a partir de 1722? Y si nunca lo hubo, ¿cómo entre el 6% y el 8% de sus genes son de origen americano?

Por primera vez, un grupo de investigadores ha podido estudiar ADN antiguo de cinco rapanuis encontrados en el yacimiento de Anakena, en el norte de la isla. Los científicos pudieron aislar el material genético de pequeñas muescas de apenas 200 miligramos obtenidas de las costillas de los restos. Tres de ellos los dataron como muy anteriores al año 1722, de en torno al siglo XIV-XV y los otros dos pertenecerían a dos individuos nacidos en el siglo XIX o principios del XX. Es decir, tenían datos genéticos anteriores y posteriores a la llegada de los occidentales.

Los rapanuis actuales tiene en torno a un 8% del genoma originario de los nativos americanos
"No encontramos pruebas de un flujo de genes entre los habitantes de la Isla de Pascua y los América del Sur", dice en una nota el antropólogo de la Universidad de California en Santa Clara y principal autor del estudio, Lars Fehren-Schmitz. "Estamos realmente sorprendidos de que no hayamos encontrado nada. Hay muchas pistas que señalan esa posibilidad, tantas que estábamos convencidos de encontrar una evidencia del contacto previo a los europeos con Sudamérica, pero no había nada", añade.
Entre esas pistas que sugerían el contacto están los estudios náuticos sobre la viabilidad de navegar hasta la isla desde la costa americana con la tecnología del pasado, a más de 3.500 kilómetros. También el ingente trabajo del antropólogo noruego Thor Heyerdahl que, empeñado en demostrar que los polinesios procedían en realidad de América, realizó la mítica travesía de la Kon-Tiki a mediados del siglo pasado. Algunos antropólogos mantiene que la cultura rapanui, la creadora de los majestuosos moais, tiene más que ver con los pueblos precolombinos que con los de las otras islas polinésicas. La prueba arqueológica más contundente es la presencia de boniatos o camotes en varias islas polinésicas desde hace casi 1.000 años. Pero la pista mas concluyente es que varias investigaciones recientes han desvelado la presencia de genes ancestrales americanos en los rapanuis actuales.

Sin embargo este nuevo estudio, publicado en Current Biology, no encuentra rastro (un porcentaje inferior al 1%) de genes amerindios en los tres rapanuis de antes de que llegaran los europeos. Sin embargo, sí lo han encontrado en los dos posteriores y en porcentajes en torno al 6%, en concordancia con anteriores trabajos. Aunque no se puede descartar la posibilidad de que hubiera algún contacto cultural, "no dejó rastro genético", comenta Fehren-Schmitz. La principal prueba arqueológica del contacto es la presencia de boniatos o camotes americanos en la polinesia desde hace 1.000 años.

El mexicano José Víctor Moreno Mayar es uno de los que defiende que sí hubo contacto y mezcla entre ambos pueblos antes de que llegaran los europeos. Investigador en paleogenómica del Museo de Historia Natural de Dinamarca, Moreno realizó hace tres años un estudio cuyos resultados cuestiona ahora el trabajo de Fehren-Schmitz. La investigación de Moreno, publicada en la misma revista, analizó el genoma de 27 rapanuis actuales, encontrando un 8% de genes americanos. Aplicando un modelo estadístico concluyeron que esos genes no entraron en el pueblo rapanui con los europeos, sino mucho antes: entre 1280 y 1495. La fecha inferior es solo unas décadas posterior a la llegada de los polinesios a la isla.

"El trabajo de Fehren-Schmitz es una investigación de gran valor, son los primeros datos de ADN antiguo de los rapanui que se obtienen", reconoce Moreno. Sin embargo, cuestiona la principal conclusión del trabajo por "exagerada y precipitada". La debilidad reside, según el experto mexicano, en la cercanía temporal entre la fecha del posible contacto y la datación de los restos analizados. "Si tienes un contacto entre dos poblaciones hoy y muestreas individuos de esa población mezclada, tendrás algunos individuos con la mezcla genética y otros que no, ya que el mestizaje no es inmediato. Con tres muestras, resulta apresurado descartar que hubo un contacto precolombino entre nativos americanos y polinésicos. La controversia se resolverá cuando encontremos más ADN antiguo de los rapanuis", concluye el investigador mexicano.

Fuentes: https://elpais.com/
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Los secretos escondidos bajo el Códice Selden, el libro que cuenta la historia del sur de México antes de la conquista

En el mundo solo hay cinco libros que dan cuenta de la historia de la civilización mixteca antes de la llegada de los españoles a América.
Códice Selden
Los códices relatan la vida de los pueblos mesoamericanos del sur de México.
Y debajo de las páginas de uno de ellos, el Códice Selden, se esconden secretos que el experto en arqueología mesoamericana de la universidad de Leiden, Lido Snijders, apenas empieza a develar.

    El sugerente erotismo de Mesoamérica

Desde los años 50 los científicos sabían que el códice escondía "algo" debajo de una capa de yeso, pero no contaban con la tecnología necesaria para develarlo.

Pero el equipo de Snijders está utilizando una técnica de imagen hiperespectral para ver lo que hay debajo del libro de tiras de cuero plegadas en forma de acordeón que data de siglo XVI.

Y eso está permitiendo saber más de esta vieja civilización mesoamericana, establecida en el sur de México.
Cuchillo de pedernal grande y cuerda torcida

En los manuscritos, que vienen de la región de Oaxaca, se ven personajes sentados y de pie que cuentan cómo eran los nacimientos, casamientos y vida cotidiana de esta cultura.

"Hablan de los ancestros, de los gobernantes, de guerras con otros pueblos, matrimonios con otros pueblos, de rituales particulares y los grandes templos de la región", le cuenta Snijders a BBC Mundo.

Y un personaje que los expertos están reconociendo en el nuevo texto es uno caracterizado por un cuchillo de pedernal grande y una cuerda torcida.

En la cultura mixteca, cada persona tenía dos nombres: el del día en que habían nacido según su calendario de 260 días y otro que le daban para indicar la valentía del pueblo.

Y en el caso de "Cuchillo de pedernal grande y cuerda torcida" se sabía por otros libros que este era el nombre utilizado para gobernantes mixtecos, "pero este personaje solo se había mencionado un par de veces", explica el arqueólogo holandés.

Y eso hacía creer a los expertos que no se trataba de una persona prominente.

En el códice oculto, sin embargo, el dibujo de este personaje aparece al menos diez veces en cuatro o cinco páginas.

"Así que sabemos que gran parte de la historia de este códice recién desvelado es sobre esta persona", asegura el experto.
Códice Selden
En los textos nuevos, un personaje, Cuchillo de pedernal grande y cuerda torcida, aparece al menos diez veces.

Para David Howell, jefe de investigación de la biblioteca Bodleiana de Oxford, donde este manuscrito fue donado en el siglo XVII por John Selden, el descubrimiento de este nuevo personaje "permite a los académicos escarbar más en la cultura y entenderla mejor".

"Esto es probablemente el mejor descubrimiento que hayamos hecho hasta ahora", le dice a BBC Mundo.
Tiraron la toalla

Desde los años 50 científicos sabían que bajo una capa de yeso del Códice Selden había "algo" debido a que podían ver unos trazos borrosos de colores rojo y amarillo.

Entonces se hicieron intentos para eliminar el yeso con técnicas agresivas.
Biblioteca Bodleiana de Oxford
El códice fue donado por John Selden a la Biblioteca Bodleiana de Oxford en el siglo XVII.

"Pero nada parecía funcionar, incluso se pusieron a rascar la superficie para ver lo que había debajo", explica Snijders.

La tecnología no estaba disponible, pues no se podían utilizar técnicas como las que se usan para ver qué hay debajo de los cuadros de Rembrandt.

La complejidad de estos textos radica en que, a diferencia de los cuadros del europeo, cuyas pinturas tienen metal, los mixtecos utilizaron material puramente orgánico.

"Así que se rindieron", explica Howell.

"Lo único que pudieron concluir es que se trataba de un libro similar al que había por delante y relataban la historia de los pueblos pequeños de la zona mixteca", dice Snijders.
Un 5% más

Gracias a la imagen hiperespectral, sin embargo, los investigadores han podido ver-sin siquiera tocar el manuscrito- los trazos rojos y amarillos que este códice ha escondido durante tantos siglos.

"Todavía no tenemos una imagen completa, pero lo que estamos viendo a partir de nuestra investigación es que las imágenes ocultas están muy dañadas", aclara Snijders.
Códice Selden
Para los expertos, este es uno de los mayores descubrimientos que hayan hecho.
Los expertos piensan que este documento oculto es uno más antiguo, que quizás ya estaba estropeado. Y, para aprovecharlo, lo cubrieron con una capa blanca y escribieron por uno de los lados de este acordeón.

"Esto significa que incluso si encontramos una técnica que nos permita ver todo, todavía no tendríamos un códice completo y perfectamente preservado, porque debajo (de esta capa de yeso) no hay un códice perfectamente preservado", explica Snijders.

Pero Howell se muestra contento con lo que hasta ahora han logrado.

"Esto aumenta en un 5% la información que teníamos de la cultura mixteca", le dijo a BBC Mundo.

"Hemos relacionado y reconocido algunas historias y hemos descubiertos nuevos personajes", destacó.

Sin embargo, todavía es muy temprano para contar, o siquiera aventurarse a decir qué pasó con Cuchillo de pedernal grande y cuerda torcida.

Para saber su destino, los expertos estiman que habrá que esperar unos años más, hasta que hayan develado las 15 páginas del manuscrito y las hayan restaurado a mano..

El estudio sobre la técnica que utilizaron para descubrir este nuevo capítulo dela historia mixteca fue publicado recientemente en el Journal of Archaeological Science: Reports.

Fuentes: http://www.bbc.com/
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Los secretos que guardan las momias

Vivieron hace cientos o miles de años. Sus restos ayudarán a armar la historia.
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Un grupo de pastores la encontró en la Sierra Gorda de Querétaro. Al entrar a una cueva para guardar a los animales que llevaban a pastorear, notaron que había algo. Al parecer, las cabras escarbaron y levantaron la capa que cubría el suelo; quedaron al descubierto los restos óseos de un bebé. Los pastores llamaron a la policía. Se inspeccionó la cueva próxima al pueblo de Altamira y se determinó que no era un caso criminal, pero sí un hallazgo que requería de los expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El 18 de noviembre de 2002 aquellos pastores encontraron a Pepita, considerada hasta ahora la momia más antigua hallada en México. Una niña que vivió solo dos años y medio, pero que llevaba atrapada en la sierra más de dos milenios.

En México se han encontrado muchos cuerpos momificados de manera natural. La mayoría procede de lugares con climas áridos o semiáridos, como cuevas, criptas o el subsuelo de algunas iglesias, en los que se crean microambientes que evitan que los restos se descompongan y, a la vez, provocan que se desequen de manera rápida. Estas momias son una rica fuente de conocimiento sobre la vida y la biología en otras épocas. Y gracias a los avances tecnológicos, han permitido descifrar misterios pasados y presentes.

La niña momia

Al equipo del Centro INAH Querétaro le bastó un primer reconocimiento de la cueva para percatarse de la relevancia de los restos. El cuerpo de la niña momia, que ellos bautizaron como Pepita, se encontraba en buen estado de conservación. Solo su cara estaba algo descarnada; quizá, creen los expertos, porque quedó al descubierto en varias ocasiones y eso impidió el proceso de momificación natural. Medía unos 45 centímetros; tenía brazos y piernas doblados, casi en posición fetal; estaba amortajada con una fina capa de algodón y colocada sobre una piedra con una talla muy ligera. Fue atada usando cordeles y tenía adornos de plumas y trenzas de cabello.

¿Quién era aquella misteriosa niña? La arqueóloga mexicana Elizabeth Mejía encabezó las investigaciones para tratar de encontrar la respuesta. Coordinó a más de 35 especialistas, procedentes de 10 instituciones; sometieron a la pequeña y a los objetos hallados a tomografías helicoidales, micología médica, arqueozoología y microscopía de barrido. Se trataba de averiguar lo máximo posible de la momia sin deteriorarla ni un ápice.

Por fortuna, Pepita aún conservaba un pelo en el cráneo, el cual fue enviado a un laboratorio de Estados Unidos, junto con un pedazo de la ropa con que estaba envuelta. Gracias a un acelerador de par-tículas con espectrómetro de masas se determinó que la niña momia tenía 2,300 años aunque, al morir, no alcanzaba ni los tres.

La investigación, que duró tres años, reveló que Pepita falleció debido a una infección intestinal o a problemas respiratorios. Pero lo más importante del hallazgo fue que los estudios de la niña momia permitieron cambiar por completo los conocimientos que hasta entonces se tenían sobre el poblamiento temprano de la Sierra Gorda queretana.

Si bien existen distintas teorías, los trabajos de investigación más aceptados señalan que los primeros pobladores de América llegaron en cuatro grandes migraciones desde la región de Siberia, en Asia, a través del Estrecho de Bering, y se fueron dispersando por todo el territorio. En teoría eso sucedió al inicio de la cuarta glaciación, entre 40,000 y 12,000 años atrás. Recuperar y analizar el ADN de Pepita permitió a los paleoantropólogos realizar un estudio entre individuos para establecer comparaciones y secuencias de material genético y así saber más sobre cómo y cuándo se produjeron esas olas migratorias.

Además, se determinó que hace 2,300 años, cuando vivía Pepita, ya había relaciones con poblaciones del norte de México, como los chichimecas, grupo cazador y recolector que penetró al Valle de México hasta el siglo XII. Por otra parte, los textiles del fardo funerario muestran que la manufactura estaba muy desarrollada. El hallazgo también arrojó luz sobre las prácticas funerarias de aquel pueblo.

El estudio de las momias no solo ayuda a componer el rompecabezas de civilizaciones pasadas; también puede esclarecer asuntos relacionados con la biología. Es el caso de la momia de Ötzi, descubierta por una pareja de alpinistas en los Alpes de Ötzal en 1991, en la frontera entre Austria e Italia. Aquel hombre de los hielos llevaba durmiendo 5,300 años en un glaciar. Es la momia humana natural más antigua de Europa. Su estudio permitió recopilar información sobre los habitantes de la Europa de la Edad de Cobre y desvelar la cura para una importante enfermedad parasitaria: la verminosis.

Al investigar a Ötzi, los científicos notaron que la momia tenía un parásito intestinal causante de la enfermedad; en el zurrón que llevaba consigo encontraron un hongo y, tras analizarlo, descubrieron que tenía propiedades para combatir el parásito. Fue así como la verminosis comenzó a tener tratamiento.

Para Assumpció Malgosa, antropóloga y directora del Grupo de Investigación en Osteobiografía de la Universidad Autónoma de Barcelona, España, “mirar al pasado tiene cada vez más una aplicación hacia el futuro. Obtener y analizar el ADN de un agente infeccioso de hace 4,000 años posibilita, por ejemplo, que estudiemos su variación a lo largo del tiempo, que veamos qué lo producía y qué reacción provocaba. Quizá eso nos lleve a encontrar una cura para el futuro”.

Malgosa forma parte de la Asociación Internacional de Paleopatología, disciplina situada en los confines de varias áreas científicas —como la medicina, la antropología, la arqueología, la física, la química o la biología— que se dedica a estudiar las huellas que las enfermedades del pasado dejaron en seres humanos y en animales. Puede parecer una disciplina nueva, pero no lo es. Las primeras sociedades de paleopatología datan de fines del siglo XIX.

“La investigación sobre los vestigios de las enfermedades de la antigüedad  —apunta Josefina Mansilla Lory, especialista en antropología física del INAH— tiene cada vez más interés a nivel mundial, como lo demuestra el creciente número de artículos científicos y el surgimiento, en 1992, del primer congreso internacional de estudios sobre momias”. En México, si bien la investigación sistemática es reciente, la primera referencia se remonta a 1889, cuando Leopoldo Batres, pionero de la arqueología moderna mexicana, describió el cuerpo incompleto de un hombre momificado que tenía dibujos geométricos en los brazos y que fue hallado en Comatlán, Oaxaca.

Desde 1998 se desarrolla el proyecto “Las momias de México”, dirigido por Josefina Mansilla, que pretende entender el fenómeno de la momificación “y ampliar el conocimiento del ser humano, además de sus enfermedades, relacionando los hallazgos patológicos de los tejidos preservados con episodios históricos y socioculturales”. Gracias a este trabajo se rescató la colección de momias del Museo Nacional de Antropología, que comprende, al menos, 40 piezas. Su estudio busca identificar la procedencia, la temporalidad y recuperar datos arqueológicos de la mayoría de esos restos.

La paleopatología permite, entre otras cosas, evaluar el estado de salud de una población y conocer su estilo de vida. En la mayoría de los casos, los especialistas deben contentarse con el estudio de restos esqueléticos, aunque a veces las momias conservan algo de tejido, lo que multiplica la información que los expertos pueden recopilar.

Por ejemplo, con Ötzi, los investigadores encontraron que tenía los pulmones como si fuera un fumador pasivo. Malgosa explica que eso permitió descubrir que “en la Edad del Cobre nuestros antepasados vivían en cuevas repletas de humo, puesto que hacían hogueras para cocinar o calentarse. Determinadas marcas en los huesos también dan pistas sobre los trabajos que realizaban, porque pueden ser resultado de movimientos repetitivos. Somos como detectives del pasado”.

Enfermedades que dejan huella

Uno de los casos de paleopatología más excitantes es el estudio de los restos de Herculano, en Nápoles, Italia. El 24 de agosto del año 79 d.C., el Vesubio comenzó a rugir. Muchos de los habitantes de los alrededores huyeron hacia la playa. Al caer la noche, el volcán empezó a escupir ceniza y roca ardiendo que cayeron sobre Pompeya y pueblos aledaños, como Herculano. Los que huyeron a la playa respiraron la ceniza que había en el aire, a cerca de 800 °C de temperatura; sus pulmones estallaron en el acto. Más de 200 personas quedaron sepultadas bajo una capa de ceniza que las congeló en el tiempo.

Aquella catástrofe dejó una especie de trágica radiografía de la sociedad, lo que ha permitido estudiar el estado de salud de una población completa. Las primeras excavaciones se hicieron en el siglo XVIII, aunque fue hace 20 años cuando se realizó la campaña más importante, que duró nueve años. Esa investigación, dirigida por Luigi Capasso, director del Museo Universitario de Chieti, reveló que casi 30% de la población tenía lesiones óseas causadas por una enfermedad infecciosa: brucelosis o “fiebre de Malta”, originada por un microorganismo, el Brucella, que vive en los excrementos de vacas, ovejas, cabras y cerdos. ¿Cómo podía una población pesquera sufrir una enfermedad propia de los pastores? La respuesta se encontró en un trozo de queso carbonizado, cuenta Capasso: “Al analizarlo, vimos que contenía brucella. De ahí que la mitad de la población padeciera esa enfermedad, ya que comían el queso elaborado con leche de las cabras que pastaban en las laderas del volcán”.

El desarrollo de nuevas tecnologías ha propiciado grandes avances en esta ciencia. La tomografía axial computarizada (TAC), por ejemplo, permite obtener imágenes de alta resolución del interior de la momia sin tocarla. Este método consiste en radiografiar cada milímetro del cuerpo y tomar imágenes capa por capa. Un programa informático recoge esa información y genera una figura en 3D. Luego, se toma una muestra de la momia, se analiza y corroboran los datos del TAC. Es el caso del Hombre de Tollund, una de las llamadas momias de las ciénagas, testimonio de los rituales de sacrificio que los pueblos del norte de Europa realizaron durante la Edad de Hierro.

Este hombre fue encontrado en 1950, por una familia de granjeros, a las afueras del pueblo danés de Silkeborg. Esta momia ha sido sometida a numerosas pruebas que han ido desgranando información sobre la Edad de Hierro. “Como conserva tejidos, eso permite saber más cosas. Analizando las marcas en la piel del cuello averiguamos, por ejemplo, que fue ahorcado y luego tirado en la ciénaga”, explica Niels Lynnerup, de la Universidad de Copenhague.

En 1977, gracias al método del carbono 14, se conoció que el Hombre de Tollund murió entre el siglo III y IV a.C. Hace una década le realizaron una endoscopia, lo sometieron a luz ultravioleta, a infrarrojos y a un TAC que obtuvo más de 16,000 imágenes de su cuerpo.

Ahora, los investigadores esperan que la tecnología avance para poder recuperar moléculas del tejido celular. Quizá en unos años, gracias a la biología molecular, se puedan obtener muestras de ADN de la médula o de algún diente, y así saber cuál era su tipo de sangre o recuperar sus genes. Eso sería útil para trazar, mediante relaciones de parentesco, flujos migratorios.

No cabe duda de que hay una historia en cada momia y que cada momia nos abre una ventana al pasado. Nuevos descubrimientos e investigaciones harán posible que el estudio de los cuerpos momificados despejen incógnitas del pasado y se entienda más el presente.
Fuentes: Quo.mx
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