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¿Qué ocurre después de la muerte?

La mayoría preferimos no pensar en lo que sucede con nuestro cuerpo cuando morimos. Pero esa descomposición es el origen inesperado de una nueva vida

   “No va a ser fácil quebrar esto”, dice Holly Williams, de la funeraria, mientras levanta el brazo de John y dobla con delicadeza los dedos, el codo y la muñeca. “En general, cuanto más reciente es un cadáver, mejor se trabaja con él”.

Williams habla en voz baja, con una despreocupación que contrasta con la naturaleza de su labor. Creció en el norte de Texas, en la funeraria familiar donde trabaja, y ha visto y manipulado cadáveres casi a diario desde la infancia. Unos mil cuerpos, calcula a sus 28 años. Su trabajo consiste en recoger cuerpos de personas recién fallecidas en el área de Dallas-Fort Worth y prepararlos para su funeral.

“La mayoría los recogemos en residencias de ancianos”, dice Williams, “pero a veces traemos gente que ha muerto por herida de bala o en un accidente de circulación. Pueden llamarnos para que vayamos a por alguien que murió en soledad hace días o semanas, alguien que ya ha empezado a descomponerse, lo que dificulta el trabajo”.

Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida

John llevaba unas cuatro horas muerto cuando su cuerpo fue trasladado a la funeraria. Había gozado casi siempre de una salud razonable. Su trabajo de toda la vida, en las explotaciones petrolíferas de Texas, lo mantenía activo y en forma. Llevaba años sin fumar y no abusaba del alcohol. Hasta que una fría mañana de enero sufrió un infarto en su casa (por complicaciones inesperadas, al parecer), cayó al suelo y murió casi en el acto. Tenía apenas 57 años.

La mesa metálica de Williams acoge ahora el cuerpo de John cubierto con una sábana blanca de lino, frío y duro al tacto y con la piel entre gris y purpúrea, síntomas claros de que la descomposición ya ha empezado.
Autolisis

Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida. Cada vez hay más científicos que hacen del cadáver la piedra angular de un ecosistema vasto y complejo que surge poco después de la muerte, y prospera y evoluciona a medida que la descomposición avanza.

La descomposición empieza unos minutos más tarde de la muerte con un proceso llamado autolisis, o autodigestión. Poco después de que el corazón se pare, las células se quedan sin oxígeno y su acidez aumenta a medida que los derivados tóxicos de las reacciones químicas se acumulan en su interior. Las enzimas comienzan a digerir las membranas celulares antes de filtrarse por las células rotas. El proceso suele empezar en el hígado, rico en enzimas, y en el cerebro, que tiene un alto contenido en agua. Finalmente, todos los tejidos y órganos se colapsan del mismo modo. Rotos los vasos sanguíneos, las células se depositan, por efecto de la gravedad, en los capilares y las venas pequeñas, decolorando la piel.

La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla

La temperatura corporal empieza a caer también, hasta adaptarse al entorno. Es el momento del rigor mortis –“la rigidez de la muerte”-, que comienza por los párpados, la mandíbula y los músculos del cuello y sigue con el tronco y las extremidades. En un cuerpo vivo, las células musculares se contraen y se relajan gracias a la acción de dos proteínas filamentosas (la actina y la miosina), que se deslizan a la par. Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones.

En estas primeras fases, el ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Nuestro cuerpo alberga una enorme cantidad de bacterias. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios específicas. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino, donde residen billones de bacterias de cientos o miles de especies diferentes.

La microbiota [conjunto de microorganismos localizados en distintos sitios del cuerpo humano] es un tema apasionante para muchos biólogos. Se le han asignado diversos papeles en la salud humana y se la asocia a miles de afecciones y dolencias, desde el autismo y la depresión hasta el síndrome del colon irritable y la obesidad. Pero es poco lo que sabemos de estos parásitos microbianos. Y menos aún lo que sabemos de ellos cuando morimos.

'El entierro del señor de Orgaz', de El Greco, ubicado en la parroquia de Santo Tomé de Toledo.

En agosto de 2014, la científica forense Gulnaz Javan, de la Universidad Estatal de Alabama en Montgomery, y sus colegas publicaron el primer estudio sobre lo que llamaron the thanatomicrobiome (del griego thanatos, “muerte”).

“Muchas de nuestras muestras proceden de casos criminales”, dice Javan. “Alguien se suicida, o es asesinado, o muere por una sobredosis o en un accidente de tráfico, y yo recojo muestras de tejido del cuerpo. Hay cuestiones éticas que nos obligan a solicitar un consentimiento”.

La mayoría de los órganos internos están libres de microbios mientras vivimos. Poco después de la muerte, sin embargo, el sistema inmune deja de funcionar, lo que permite su expansión por todo el cuerpo. Es algo que suele empezar en las tripas, en el cruce entre los intestinos grueso y delgado –y enseguida en los tejidos vecinos-, de dentro afuera. Alimentándose del cóctel químico que se escapa de las células dañadas, los microbios invaden los capilares del sistema digestivo y los nódulos linfáticos y se propagan por el hígado y el bazo antes de pasar al corazón y el cerebro.

Javan y su equipo trabajaron con muestras del hígado, bazo, cerebro, corazón y sangre tomadas de 11 cuerpos entre 20 y 240 horas después de su muerte. Para analizar y comparar el contenido bacteriano de cada muestra, combinaron técnicas bioinformáticas con dos tecnologías punteras en secuenciación de ADN.

Las muestras tomadas de los órganos de un cadáver eran muy semejantes entre sí pero muy distintas de aquellas tomadas de esos mismos órganos en otro cuerpo. La explicación, en parte, podría estar en las diferencias en la composición de la microbiota de cada cadáver, o bien en las diferencias en el tiempo transcurrido desde la muerte. Un estudio anterior con ratones en descomposición demostró que si bien la microbiota cambia considerablemente después de la muerte, ese cambio es uniforme y mensurable. Los científicos lograron reducir a un lapso de tres días el período en que había fallecido una persona que podía llevar casi dos meses muerta.

Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones

El estudio de Javan sugería que ese “reloj microbiano” podría estar aún funcionando dentro del cuerpo humano en descomposición. Demostraba que las bacterias alcanzaron el hígado unas 20 horas después de la muerte y que transcurrieron al menos 58 horas hasta que se propagaron por todos los órganos de los que se tomaron muestras. Es posible, por tanto, que tras la muerte nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte.

“El grado de descomposición varía entre los distintos individuos pero también entre los distintos órganos”, dice Javan. “El bazo, el intestino y el estómago, así como el útero de una embarazada, se descomponen antes, mientras que el riñón, el corazón y los huesos sufren un deterioro más lento”. En 2014, Javan y sus colegas obtuvieron una ayuda de 200.000 dólares de la National Science Foundation para continuar investigando. “Seguiremos usando tecnologías punteras de secuenciación y técnicas bioinformáticas con el fin de averiguar qué órgano es el más adecuado para establecer la hora de la muerte. Eso es algo que todavía no está claro”, dice.

Lo que sí parece claro es que las fases en la descomposición de un cuerpo dependen de la composición bacteriana.
Putrefacción

Hay media docena de cadáveres, en diversos estados de descomposición, desparramados entre los pinos de Huntsville, en Texas. En el centro del recinto están los dos últimos en llegar, con los brazos y las piernas en cruz, la piel fláccida y cárdena aún intacta, y la caja torácica y los huesos pélvicos visibles entre la carne que se pudre lentamente. Unos metros más allá hay otro cadáver, reducido a su condición de esqueleto, con la piel negra y endurecida pegada a los huesos, como si llevara un traje de látex y un casquete en la cabeza. Al fondo, tras unos restos esqueléticos diseminados por los buitres, hay todavía otro cuerpo en un armazón de madera y alambre. Está llegando al final del ciclo mortuorio, momificado ya en parte. Varios hongos, grandes y pardos, crecen allí donde una vez hubo un abdomen.

Para la mayoría de nosotros un cadáver en descomposición es algo perturbador, cuando no repulsivo y espeluznante, una de esas cosas que luego se nos aparece en sueños. Pero para los chicos del Complejo de Ciencia Forense Aplicada del Sudeste de Texas, los cadáveres son el pan nuestro de cada día. Sus instalaciones, abiertas en 2009, ocupan casi 100 hectáreas del National Forest, propiedad de la Universidad Estatal Sam Houston (SHSU). En su interior hay un terreno de 3 hectáreas de bosque espeso que ha sido aislado y subdividido por medio de alambradas de 3 metros erizadas de púas.

El ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino

A finales de 2011, Sibyl Bucheli, Aaron Lynne y sus colegas del SHSU dejaron descomponerse allí dos cadáveres recientes sin modificar las condiciones del entorno.

Una vez que la autolisis se inicia y las bacterias van escapando del tracto gatrointestinal, comienza la putrefacción. Es la muerte molecular, la descomposición, aún más aguda, de los tejidos blandos en gases, líquidos y sales. En realidad es algo que ya había empezado, pero es con la intervención de las bacterias anaeróbicas cuando de verdad coge impulso.

En la putrefacción, las especies bacterianas aeróbicas, que necesitan oxígeno para crecer, ceden el terreno a las anaeróbicas, que no lo necesitan. Estas comienzan a alimentarse de los tejidos corporales, fermentando los azúcares en su interior y produciendo así derivados gaseosos como el metano, el sulfuro de hidrógeno y el amoniaco, que se acumulan en el cuerpo e inflan (o “entumecen”) el abdomen y a veces otras partes del cuerpo.

De esta forma el cuerpo se decolora aún más. A medida que las células sanguíneas escapan de los vasos en desintegración, las bacterias anaeróbicas transforman las moléculas de la hemoglobina, que llevaban el oxígeno por el cuerpo, en sulfohemoglobina. La presencia de esta molécula en la sangre es lo que da al cuerpo en plena descomposición esa apariencia translúcida, olivácea, tan característica.

'La autopsia', del pintor valenciano Enrique Simonet.

Con el aumento de la presión gaseosa en el interior, la superficie del cuerpo se llena de ampollas. A continuación viene la flaccidez y enseguida el desprendimiento de grandes capas de piel, que apenas se sujetan ya al armazón. Finalmente, los gases y los tejidos licuados abandonan el cuerpo, por lo común a través del ano u otros orificios, a veces por la piel desgarrada en otras zonas. Puede ocurrir que la presión sea tan grande que el abdomen se abra de golpe.

El entumecimiento sirve a menudo para indicar la transición de las primeras fases de la descomposición a las siguientes. Otro estudio reciente ha demostrado que esa transición se caracteriza por un cambio evidente en la composición bacteriana del cadáver.

Bucheli y Lynne recogieron muestras de bacterias de diversas partes de los cadáveres al inicio y al final de la fase de entumecimiento. A continuación extrajeron ADN bacteriano de las muestras y lo secuenciaron.

Como entomóloga, a Bucheli le interesan sobre todo los insectos que colonizan los cadáveres. Ve el cadáver como un hábitat específico para las diversas especies de insectos necrófagos, algunas de las cuales completan su ciclo vital dentro, sobre o alrededor de los restos mortales.
Colonización

Cuando un cuerpo en descomposición comienza a purgarse queda expuesto al entorno. En esta fase, el ecosistema cadavérico es ya completamente autónomo: un nido de microbios, insectos y carroñeros.

Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición. Las moscardas detectan el olor mediante receptores especializados en sus antenas, se posan en el cadáver y ponen sus huevos en los orificios y las heridas abiertas.

Cada mosca pone unos 250 huevos que se abren en el espacio de 24 horas. Las pequeñas larvas se alimentan de la carne putrefacta y mudan en larvas más grandes, que se alimentan durante varias horas antes de volver a mudar. Tras seguir alimentándose, estas larvas, ya de mayor tamaño, se arrastran fuera del cuerpo. Entonces pupan y se transforman en moscas adultas, y el ciclo recomienza hasta que no queda con qué alimentarse.

Es posible que, tras la muerte, nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte

En condiciones normales, un cuerpo en descomposición contendrá un gran número de larvas en la tercera fase. Esta “masa larval” genera mucho calor, elevando la temperatura en el interior del cadáver en más de 10ºC. Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse.

“Es una espada de doble filo”, explica Bucheli en su despacho del SHSU, rodeada de enormes insectos de plástico y su colección de muñecas Monster High. “Si estás siempre en el borde, puede comerte un pájaro, y si estás siempre en el centro, te puedes cocer. Así que se mueven constantemente entre el centro y los extremos”.

La presencia de moscas atrae a diversos depredadores, como el escarabajo de la piel, el ácaro, la hormiga, la avispa y la araña, que se alimentan de las larvas y los huevos de las moscas, o bien los parasitan. Los buitres y otros carroñeros, al igual que algunos grandes carnívoros, pueden también aparecer por allí.

Pero son las larvas, en ausencia de carroñeros, las encargadas de eliminar los tejidos blandos. Como anotó en 1767 Carl Linneo (a quien debemos el sistema usado por los científicos para nombrar las distintas especies), “tres moscas pueden consumir el cadáver de un caballo en el mismo tiempo que un león”. Las larvas de la tercera fase saldrán por fin del cadáver en grandes cantidades, casi siempre siguiendo la misma ruta. Su actividad es tan minuciosa que sus rutas migratorias pueden apreciarse, tras la descomposición, en los hondos surcos que quedan en el suelo emanado del cuerpo.

Cada especie que visita el cadáver tiene un repertorio único de microbios intestinales y es probable que los diferentes tipos de suelo alberguen diferentes comunidades bacterianas cuya composición esté determinada por factores como la temperatura, la humedad y el tipo y la textura del suelo.

Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición

Todos estos microbios se mezclan y se relacionan dentro del ecosistema cadavérico. Además de dejar sus huevos en él, las moscas que llegan al cadáver se llevan algunas de las bacterias que encuentran allí y dejan otras propias. Los tejidos licuados que se filtran a través del cuerpo permiten, por su parte, el intercambio de bacterias entre el cadáver y el suelo subyacente.

Cuando toman muestras de los cadáveres, Bucheli y Lynne reconocen bacterias que tienen su origen en la piel del cuerpo, en las moscas y los carroñeros que lo colonizan, y también en el suelo. “Cuando un cuerpo se deshace, las bacterias intestinales empiezan a emerger, y vemos una mayor proporción fuera de él”, dice Lynne.

De modo que es probable que cada cadáver tenga su propia firma microbiológica y que esta firma pueda cambiar con el tiempo dependiendo de las condiciones precisas del lugar de la muerte. Si se logra entender mejor la composición de estas comunidades bacterianas, las relaciones entre ellas y cómo se influyen entre sí a medida que avanza la descomposición, algún día los forenses tendrán más información del dónde, cuándo y cómo de la persona muerta.

Por poner un ejemplo, la detección, en un cadáver, de secuencias de ADN específicas de un organismo particular o un tipo de suelo podría ayudar a los investigadores que trabajan en la escena del crimen a relacionar el cuerpo de una víctima de asesinato con una localización geográfica, o incluso a estrechar aún más –una finca en un área concreta- la zona donde buscar pistas.

“Ha habido ya varios casos criminales en los que la entomología forense ha aportado piezas vitales para completar el puzle”, dice Bucheli, que confía en que las bacterias puedan suministrar información adicional y se conviertan en una herramienta más para afinar el cálculo del tiempo en que se produjo una muerte. “Espero que en unos cinco años podamos estar usando información bacteriana en un proceso criminal”, dice.

Con ese objetivo, los investigadores se afanan en catalogar las especies bacterianas dentro y fuera del cuerpo humano mientras estudian las diferencias entre las poblaciones de bacterias en cada individuo. “Me encantaría tener datos que vayan de la vida a la muerte”, dice Bucheli. “Me encantaría encontrar un donante que me dejara tomarle muestras bacterianas en vida y cuando hubiera muerto y mientras se descompone”.
Purga

“Estamos estudiando el fluido de la purga que sale de los cuerpos en descomposición”, dice Daniel Wescott, director del Centro de Antropología Forense de la Universidad del Estado de Texas en San Marcos.

Wescott, antropólogo especializado en estructura craneal, utiliza un escáner de micro-CT para analizar la estructura microscópica de los huesos que le traen de la granja de cadáveres. También colabora con entomólogos y microbiólogos –entre ellos Javan, ocupado últimamente en el análisis de muestras de suelo cadavérico recogidas en las instalaciones de San Marcos- además de ingenieros informáticos y un piloto que opera un dron que toma fotografías aéreas de las instalaciones.

“He estado leyendo un artículo sobre drones que sobrevuelan tierras de cultivo con el fin de decidir cuáles son más fértiles”, dice. “Utilizan un casi-infrarrojo, y los suelos con una mayor riqueza orgánica presentan un color más oscuro que los otros. Pensé que si eso era posible, entonces nosotros podíamos centrarnos en nuestros pequeños círculos”.

Esos “pequeños círculos” son islas de descomposición cadavérica. El cadáver altera significativamente la composición química del suelo sobre el que se descompone, provocando cambios que pueden durar años. La purga – la expulsión de desechos de los restos del cuerpo- libera nutrientes en el suelo, y la migración de las larvas transfiere casi toda la energía del cuerpo a un entorno más amplio. Finalmente, el proceso crea una “isla de descomposición cadavérica”, un área muy concentrada de suelo de gran riqueza orgánica. No solo libera nutrientes en un ecosistema más amplio sino que atrae otras materias orgánicas, como insectos muertos y restos fecales de animales más grandes.

Se calcula que un cuerpo humano normal está formado por entre un 50% y un 75% de agua, y que cada kilo de masa corporal seca acaba por liberar 32 gramos de nitrógeno, 10 gramos de fósforo, 4 gramos de potasio y 1 gramo de magnesio en el suelo. En un primer momento destruye parte de la vegetación del entorno, bien por la toxicidad del nitrógeno, bien por los antibióticos que contiene el cuerpo, secretados por las larvas de los insectos mientras se alimentan de su carne. Pero, al final, la descomposición beneficia al ecosistema de los alrededores.
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La biomasa microbiana dentro de la isla de descomposición cadavérica es mayor que en otras áreas cercanas. Atraídos por los nutrientes que el cuerpo va filtrando, los gusanos nematodos, vinculados a la descomposición, se hacen más abundantes, con lo que la vida vegetal es también más diversa. Estudiar en profundidad cómo los cadáveres en descomposición alteran la ecología del entorno podría facilitar la búsqueda de víctimas de asesinato cuyos cuerpos hubieran sido enterrados de manera superficial.

El análisis de la tierra de la sepultura podría también proporcionarnos otro modo de calcular el momento de la muerte. Un estudio de 2008 sobre los cambios bioquímicos que tienen lugar en una isla de descomposición cadavérica mostraba que la concentración de lípido-fósforos que fluye del cadáver está en su apogeo unos 40 días después de la muerte, mientras que la del nitrógeno y el fósforo extractable alcanzan su punto más alto a los 72 y a los 100 días de la muerte, respectivamente. Si lográramos entender mejor estos procesos, el análisis bioquímico de la tierra de la sepultura podría algún día ayudar a los investigadores forenses a calcular el tiempo que lleva un cuerpo enterrado en un lugar determinado.
Entierro

En el calor seco, sin tregua, del verano de Texas, un cuerpo dejado a su suerte se momificará antes de descomponerse del todo. La piel perderá enseguida toda humedad, y seguirá pegada a los huesos cuando el proceso haya finalizado.

La velocidad de las reacciones químicas que intervienen en el proceso se dobla con cada aumento de 10º en la temperatura, de modo que un cadáver alcanzará la fase de descomposición avanzada a los 16 días de la muerte en unas condiciones de temperatura media diaria de 25º. Para entonces, el cuerpo habrá perdido casi toda su carne y podrá empezar la migración masiva de las larvas al exterior del esqueleto.

Los antiguos egipcios aprendieron involuntariamente cómo el entorno afecta a la descomposición. En el período predinástico, antes de que empezaran a fabricar tumbas y féretros, envolvían a sus muertos en lino y los enterraban directamente en la arena. El calor inhibía la actividad de los microbios y la sepultura impedía que los insectos llegaran al cuerpo, de modo que estos se conservaban excepcionalmente bien. Más adelante empezaron a fabricar tumbas elaboradas para los muertos con el fin de asegurarles una buena vida en el más allá, pero el efecto fue el contrario al deseado, ya que al alejar el cuerpo de la arena, la descomposición se aceleró. Así, inventaron el embalsamiento y la momificación.

El embalsamiento implica el tratamiento del cuerpo con sustancias químicas que reducen la velocidad del proceso de descomposición. Un embalsamador del antiguo Egipto lavaría primero el cuerpo del muerto con vino de palma y agua del Nilo, sacaría casi todos los órganos internos a través de una incisión a lo largo del costado izquierdo y lo llenaría de natrón (una mezcla salina típica del Valle del Nilo). Utilizaría un gancho largo para extraer el cerebro a través de las fosas nasales y luego cubriría todo el cuerpo con natrón y lo dejaría secarse durante 40 días. En un primer momento, los órganos secos se dejaban en jarras canópicas enterradas junto al cuerpo; más adelante, se envolvían en lino y se devolvían al cadáver. Por fin, el propio cadáver era envuelto en múltiples capas de lino para prepararlo para el entierro. Los funerarios estudian todavía hoy las técnicas de embalsamiento de los antiguos egipcios.

En la funeraria, Holly Williams hace algo parecido, de modo que la familia y los amigos puedan ver a sus seres queridos como alguna vez fueron, y no como realmente son ahora. En el caso de víctimas de muertes traumáticas y violentas, eso implica una reconstrucción facial exhaustiva.

Al vivir en una ciudad pequeña, Williams ha trabajado con mucha gente a la que conocía o con la que creció: amigos que murieron de una sobredosis, se suicidaron o tuvieron un accidente al volante mientras enviaban un mensaje. Cuando su madre murió hace cuatro años, Williams tuvo que arreglarla también, retocando su cara con maquillaje. “Siempre la peinaba y la maquillaba cuando vivía, así que sabía cómo hacerlo”.

Lleva a John a la mesa preparatoria, le quita la ropa y le coloca en posición antes de coger de un armario varias botellitas de fluido para embalsamar. El fluido contiene una mezcla de formaldehido, metanol y otros disolventes. Al enlazar las proteínas celulares y fijarlas en su lugar, conserva, durante un tiempo, los tejidos del cuerpo El fluido elimina las bacterias e impide que rompan las proteínas y las utilicen para alimentarse.

Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse

Williams vierte el contenido de las botellas en la máquina embalsamadora. El fluido se despliega en colores que se corresponden con distintos tonos de piel. Williams limpia el cuerpo con una esponja húmeda y hace una incisión diagonal justo sobre la clavícula izquierda. “Alza” la arteria carótida y la vena subclaviana del cuello, las liga con bramante e introduce una cánula (un tubito) en la arteria y unas pinzas pequeñas en la vena para abrir los vasos sanguíneos.

A continuación enciende la máquina, que bombea fluido embalsamador en la arteria carótida y por todo el cuerpo de John. A medida que el fluido avanza, la sangre sale de la incisión, descendiendo por los bordes acanalados de la mesa de metal hasta la pila. Mientras tanto, Williams coge uno de los miembros para masajearlo con cuidado. “Se necesita cerca de una hora para extraer toda la sangre de una persona de tamaño medio y sustituirla por fluido embalsamador”, dice. “Los coágulos pueden ralentizar el proceso, y el masaje los deshace y facilita el flujo del fluido embalsamador”.

Una vez sustituida la sangre, introduce un aspirador en el abdomen de John y aspira los fluidos de la cavidad corporal junto con la orina y las heces que aún pudiera haber allí. Por último, cose las incisiones, limpia el cuerpo una segunda vez, le arregla las facciones y vuelve a vestirlo. John está listo para su funeral.

Los cuerpos embalsamados terminan por descomponerse. Cuándo exactamente, y en cuánto tiempo, es algo que depende de cómo se hiciera el embalsamamiento, del tipo de ataúd donde descansa el cuerpo y de cómo fuera enterrado. Al fin y al cabo, los cuerpos son solo formas de energía atrapadas en masas de materia a la espera de ser liberadas en el universo.

Según las leyes de la termodinámica, la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En otras palabras: las cosas se descomponen y, en el proceso, su masa se convierte en energía. La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla.

Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.

Fuentes: ELPAIS.COM
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¿Le gustaría secuenciar el genoma de su hijo?

Dos hospitales de Boston secuenciarán el genoma de 240 bebés como parte de un estudio para determinar las consecuencias de disponer de esta información desde el nacimiento. La repetición de genes impulsa la evolución humana

ADN purificado, bajo una luz ultravioleta. / Mike Mitchell, NCI Visuals Online

  De manera rutinaria, cada vez que un bebé nace en España se le somete a una batería de pruebas médicas para determinar su estado de salud. Ahora bien, imagine que acaba de tener un hijo y que su médico le ofrece la posibilidad de secuenciar el genoma del recién nacido. La secuenciación supondría realizar un mapa genético que revelaría la presencia de enfermedades infantiles hereditarias difíciles de detectar pero también la propensión del bebé a padecer otras enfermedades de origen genético en el futuro. ¿Querría usted tener esa información? ¿Cómo cree que el conocer esos datos afectaría la vida de su hijo? ¿Sería usted más proclive a sobreprotegerle ante ciertos riesgos? ¿Revelaría el contenido de este informe a su hijo en el futuro?

A estas y muchas otras preguntas se enfrentarán los padres de 240 bebés nacidos en dos hospitales de Boston quienes se han ofrecido como voluntarios para recibir este mapa genético de sus bebés como parte de un estudio llamado BabySeq Project. Tanto los padres como los pediatras recibirán un informe que analizará la presencia de 1.700 enfermedades infantiles con causas genéticas. Algunas de estas enfermedades son curables o, al menos, tratables, y otras no. Para el estudio, no se facilitará información sobre enfermedades que se desarrollan en la madurez, como el alzhéimer o el cáncer de mama.

Los investigadores harán un seguimiento anual a los bebés hasta que lleguen a la adolescencia

Sin embargo, hay que tener en cuenta que el verdadero objetivo del estudio no es el de detectar y tratar enfermedades en los recién nacidos. Es más, podría ocurrir que ninguno de los bebés tuviera ningún tipo de patología importante dado lo reducido de la muestra y lo poco frecuentes que son las enfermedades infantiles con causas genéticas. Realmente lo que se pretende comprobar es cómo va a influir el hecho de tener su información genética disponible desde el momento de su nacimiento en la vida de estos bebés, tanto en su salud como en sus relaciones familiares y otros aspectos psicosociales. También permitirá sacar conclusiones en cuestiones más prácticas como, por ejemplo, si hay riesgo de que las aseguradoras privadas discriminen a ciertas personas basándose en su condición genética o si los médicos serán más propensos a realizar tratamientos basándose en esta información y si estos realmente mejorarán su salud.

Actualmente, tanto en Estados Unidos como en España, se acepta con normalidad que a todos los recién nacidos se les practiquen pruebas clínicas tales como la prueba del talón, que sirve para detectar precozmente enfermedades metabólicas congénitas. Esta es realizada a todos los niños, incluso a los aparentemente sanos, puesto que algunas enfermedades no presentan ningún síntoma aparente tras el nacimiento pero pueden causar serios problemas de salud en los primeros meses de vida.

Los padres y los pediatras recibirán un informe que analizará la presencia de 1.700 enfermedades infantiles con causas genéticas

Sin embargo, la secuenciación genética de los recién nacidos se presenta mucho más controvertida. Según Caroline Weipert, gestora del BabySeq Project y Consejera Genética en el Hospital Brigham and Women’s de Boston, “la secuenciación genómica puede proveer a los médicos con información sobre un rango mucho más amplio de enfermedades infantiles que otras pruebas disponibles actualmente”. Sin embargo, reconoce, “puede que algunas de las enfermedades no sean prevenibles ni tratables y en algunos casos los médicos ni si quiera las entienden por completo. Actualmente apenas existen estudios centrados en cómo reaccionan los médicos a la secuenciación genética de los recién nacidos. Nosotros pretendemos explorar los impactos potenciales – positivos y negativos – de facilitar la información genómica de recién nacidos a las familias y a sus médicos”.

El estudio incluirá a 120 bebés sanos nacidos en el Hospital Brigham and Women’s y a otros 120 de la unidad pediátrica del Boston Children´s Hospital. Además, se seguirá el desarrollo de otros 240 niños de ambos hospitales a los que no se les realizará la secuenciación y que actuarán como grupo de control. Los participantes serán sometidos a una serie de cuestionarios, realizados antes de llevar a cabo la secuenciación, justo después de recibir el informe de la misma y a los diez meses de haberlo recibido. Posteriormente, los investigadores harán un seguimiento anual a los bebés hasta que lleguen a la adolescencia. Los pediatras también serán evaluados para conocer sus actitudes y percepción acerca de la utilidad de la secuenciación genética en el nacimiento, así como para determinar la influencia que haya tenido en sus decisiones médicas el disponer dichas información. Finalmente, se estudiarán los historiales médicos de todos los niños para determinar si el grupo ha salido beneficiado o perjudicado con el experimento.

    Pretendemos explorar los impactos potenciales – positivos y negativos – de facilitar la información genómica de recién nacidos a las familias y a sus médicos”

Si bien aún falta bastante tiempo para que la secuenciación genética de los recién nacidos sea algo común, los responsables de BabySeq prevén un aumento significativo de este tipo de estudios en un futuro próximo. Según Weipert, “aún es difícil saber cuál será el futuro de la secuenciación genómica de los recién nacidos pero esperamos que comience a ser mucho más común en la población general”. De cara a un futuro en el que todo ser humano tenga su mapa genético disponible desde el nacimiento sus expectativas son positivas, aunque con ciertas reservas: “Esperamos que la secuenciación en recién nacidos permita un modelo sanitario mucho más personalizado y preventivo. Sin embargo, tenemos claro que es necesaria una investigación cuidadosa para determinar las consecuencias a nivel médico y económico de un modelo de salud pediátrica basado en la secuenciación genómica antes de pensar en implementarlo de manera más amplia”, concluye.

Fuentes: ELPAIS.COM
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El huevo de ave que brilla como un espejo

El misterio del tinamú, un pariente de las avestruces, que pone unos curiosos huevos pulidos distintos de todos los demás
El huevo de ave que brilla como un espejo
Huevos de distintas especies de tinamú

Tonalidades azules y verdes traslucen bajo el acabado vítreo de los huevos del tinamú, un pariente de las avestruces, ñandúes y emúes. Pigmentos cubiertos por una cutícula delgada y lisa revelan el misterio detrás de estas curiosas cáscaras, según han descubierto investigadores de la Universidad de Akron. El hallazgo podría conducir al desarrollo de nuevos recubrimientos brillantes para cerámica y suelos, lo que podría mejorar sus cualidades estéticas y durabilidad.

Después de eliminar la capa externa de estas cáscaras de huevo y el examen de su química y nanoestructura, los investigadores descubrieron la presencia de una iridiscencia débil en las cáscaras de huevo del tinamú, creando colores superficiales y cambios de color en función del ángulo de visión y cómo la luz incide sobre ellos.

Esta investigación de cómo las estructuras no pigmentarias de escala nanométrica influyen en la reflexión de la luz, y producen iridiscencia que afecta a la coloración de la cáscara de huevo, nunca antes se habían documentado.

"Los cambios de color se perciben en relación con los ángulos de observación e iluminación. Este efecto sólo puede ser producido por nanoestructuras que influyen en cómo la luz se refleja", dice el investigador post-doctoral de la Universidad de Akron Brani Igic.
Un reflejo espectacular

Este científico utilizó manipulaciones experimentales en colaboración con espectrofotometría de ángulo resuelto, electrónica de barrido y microscopía de fuerza atómica, cálculos ópticos y análisis químicos, para examinar la construcción mecánica existente detrás del brillo de la cáscara del huevo y su coloración.

El equipo investigador también encontró en el brillo de los huevos de tinamú un revestimiento ultra suave, o cutícula, distinta de las demás cáscaras de huevo, normalmente llenas de baches. "Esta suavidad hace que la luz se refleje de manera especular, como si fuera un lago o espejo. La irregularidad de otros huevos hace que reflejen la luz difusa, como una nube", explica Matthew Shawkey, profesor de Biología.

"La investigación descifra un viejo misterio sobre la causa del aspecto brillante de estos huevos y muestra que las aves pueden hacer superficies que rivalizan en pulido con los materiales creados por el hombre", dice Shawkey.



Fuentes: ABC.ES
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Y no volverán las oscuras golondrinas

Una cuarta parte de las aves más comunes en Europa ha desaparecido en tres décadas
Un estudio cree erróneo proteger solo a las especies más singulares con áreas protegidas

 La población de gorrión común se ha reducido en un 50%. T. Belka/ Birdphoto.eu

Casi una cuarta parte de las aves que surcaban los cielos de Europa hace 30 años ha desaparecido. Un estudio con datos de 25 países europeos muestra cómo la población aviaria salvaje ha pasado de algo más de 2.000 millones en 1980 a 1.600 millones en la actualidad. El grueso de los pájaros desaparecidos pertenece a las especies más comunes, esas que no tienen ningún tipo de protección.

Investigadores de varias universidades y organizaciones, liderados por biólogos de la Universidad de Exeter (Reino Unido), han recopilado los datos disponibles del número de aves en Europa. Su trabajo se inició en 1980 y acabó, con las últimas cifras disponibles, de 2009. Las estadísticas son abrumadoras.
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    Documento: 'Common European birds are declining rapidly while less abundant species' numbers are rising'

La población aviaria europea ha descendido en más de 420 millones de ejemplares en tres décadas. Es una estimación, pero aún así la cifra es alarmante. Además, los cálculos son solo para 144 especies de las más de 500 que hay catalogadas en Europa. De seguir a este ritmo, los pájaros desaparecerían del viejo continente antes de acabar el siglo.

"No, no vamos a perder a todas las aves", aclara el investigador del Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la universidad británica y principal autor del estudio, Richard Inger. "El declive se ha ralentizado recientemente y es de esperar que los crecientes esfuerzos de conservación aseguren el futuro de la mayoría de las especies. Pero tenemos que asegurarnos de que gestionamos el medio ambiente con la vida silvestre en mente", añade.

Pero el hecho más relevante que muestra este trabajo, publicado en Ecology Letters, es que no todas las especies están desapareciendo por igual. De hecho, hay muchas de las llamadas singulares, como águilas, buitres o cigüeñas, que han visto aumentar sus poblaciones. En realidad, el genocidio está afectando a las especies pequeñas y más comunes.

En todos los ecosistemas hay una especie de ley natural por la que la mayoría de las especies tiene poblaciones reducidas mientras que unas pocas están formadas por cientos de miles o millones de ejemplares. Son éstas las que están desapareciendo. Cerca del 90% de aquellos 420 millones de aves, pertenecen a solo 24 especies de los más comunes y pequeños pájaros.

La población de aves en Europa ha descendido en más de 420 millones desde 1980

En ciudades como Londres o Praga, el gorrión común prácticamente se ha extinguido. Además del gorrión común, las poblaciones de golondrina común, vencejo común, alondras, varias especies de perdiz o las bandadas de estorninos ya no son tan comunes como antes. Con datos de seguimiento de 20.000 puestos repartidos por España desde hace 18 años, la organización SEO/BirdLife, cuyos datos han servido para este estudio, estima que el número de golondrinas se ha reducido en un 30%, mientras que el de los gorriones ha caído hasta la mitad. Y eso, en cifras totales, son muchos millones.

"El declive es enorme en determinadas especies y de éstas hay millones de ejemplares", asegura el coordinador del área de Seguimiento de la Avifauna de SEO/BirdLife, Juan Carlos del Moral, no relacionado con este estudio.

La investigación señala algunas de las causas de este declive tan acentuado y todas tiene a los humanos detrás. La expansión de las ciudades a costa del medio rural es una de ellas. En las zonas costeras, por ejemplo, cada primavera se fumiga en los alrededores de las urbanizaciones turísticas. Eso acaba con los molestos mosquitos, pero también con el sustento de muchas especies de aves que, como las golondrinas y vencejos, están en su periodo de cría.
La agricultura, culpable

Pero es la moderna agricultura la principal causa del casi exterminio de las aves más comunes de Europa. Lo dice el estudio y lo confirma Del Moral: "En la agricultura moderna, el uso de avanzados fitosanitarios está acabando con los insectos de los que se alimentan", dice. Y pone de ejemplo a los neonicotinoides, pesticidas de baja toxicidad (para los humanos) que entran en las plantas. Al comer de ellas o libar de sus flores, ataca el sistema nervioso paralizando hasta la muerte a los insectos.

Podría parecer que la desaparición de unos millones de pájaros vulgares (alguno lleva ese apellido en su denominación científica) no es tan grave. Pero de ellos depende la buena salud de sus ecosistemas. Por un lado, son la base de la cadena trófica. Las grandes aves carnívoras, cuyas poblaciones se han recuperado, podrían verse afectadas al disponer de menos presas.

Además, los pajarillos prestan otros servicios menos evidentes pero igual de relevantes. Son un buen agente natural contra las plagas, controlando la población de insectos. Algunos polinizan diversas especies de plantas y muchos ayudan a dispersar las semillas de varias familias de árboles.

En sus conclusiones, los autores del estudio se preguntan si la concentración de los esfuerzos de protección en las grandes y singulares aves no estaría siendo un error. Quizá el modelo actual de proteger a las especies con la creación de santuarios sea insuficiente. "Por muchas reservas que crees, nunca protegerás a las golondrinas que crían en los tejados de nuestras casas", comenta el experto de SEO/BirdLife. Para Del Moral, para proteger a las aves más comunes, "habría que cambiar la economía en bloque, empezando por la poliítica agroalimentaria europea".



Fuentes: EL PAIS.COM
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La Tierra entra en la era del Antropoceno

Un grupo internacional de investigadores propone cambiar el nombre a la época actual a causa del terrible impacto dejado en el planeta por la actividad humana
La Tierra entra en la era del Antropoceno
Cheng (Lily) Li
La acción del ser humano sobre el medioambiente puede poner nombre a la época actual, el Antropoceno

El hombre puede ser un animal terrible, posiblemente el único dedicado a destruir con ahínco su propio hogar y fuente de alimentación. La actividad humana ha hecho desaparecer ecosistemas en todo el mundo, ha cambiado la calidad del aire, ha influido en el clima global y ha exterminado de una u otra forma centenares y centenares de especies. Un prestigioso plantel de científicos advertía hace dos años en la revista Science de que la Tierra se aproxima a un colapso medioambiental inminente e irreversible si no se toman pronto las medidas adecuadas. Hace tan solo unos meses, otros expertos afirmaban en la misma revista que el mundo se encuentra inmerso en su sexta extinción masiva, y no por catástrofes naturales. Esa es nuestra huella en el planeta y los científicos creen que es tan profunda que debe poner nombre a toda una era: se llama Antropoceno, la era de los seres humanos.

La Comisión Internacional de Estratografía, el mayor grupo científico dentro de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS), formada por geólogos, biólogos, químicos, arqueólogos y antropólogos de universidades de todo el mundo, se reunirá el viernes en Berlín para proponer que el Holoceno (del griego, la era totalmente reciente), tal y como se conoce a los últimos 12.000 años, la actual época del periodo Cuaternario en la historia terrestre, ha llegado a su fin para dar paso al Antropoceno, por la forma en la que los seres humanos y sus industrias están alterando el planeta, especialmente su clima, según informa la agencia AP.

Aunque el comienzo del Holoceno sí está muy bien determinado por la propia IUGS, no ocurre lo mismo con el del Antropoceno, por lo que existe una discusión sobre sus inicios. Algunos científicos creen que arrancó con la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII, mientras que otros consideran que empezó hace 8.000 años con la primera deforestación masiva para liberar suelo cultivable. Otros hablan de situarlo en el comienzo de la era nuclear.

El grupo de trabajo examina el Antropoceno como potencial era geológica, es decir, del mismo nivel jerárquico que el Pleistoceno o el Holoceno, con la implicación de que se encuentra dentro del periodo Cuaternario, lo que pondría fin al Holoceno. Como alternativa, también se considera que pueda ser una época menor en el nivel jerárquico, como una subdivisión del actual Holoceno.
Calentamiento global

El término Antropoceno fue acuñado en el año 2000 por Paul Crutzen, premio Nobel de Química. Su propuesta caló bien entre sus colegas, que lo utilizan de forma informal, y también entre los medios de comunicación. Tan solo este año, más de 500 estudios científicos han sido publicados refiriéndose al período de tiempo actual como Antropoceno.

Según el comité de la IUGS, las señas de identidad de esta era marcada por la humanidad son la erosión y el transporte de sedimentos asociados con una variedad de procesos, incluidos la agricultura, la urbanización, los cambios en la composición química de la atmósfera, los océanos y los suelos, con perturbaciones significativas en los ciclos de elementos como el carbono, el nitrógeno, el fósforo y diversos metales... Las condiciones ambientales generadas por estas perturbaciones son el calentamiento global, la acidificacion de los océanos y la difusión de zonas muertas oceánicas. Los cambios en la biosfera incluyen la pérdida de hábitat, la depredación, las invasiones de especies... Toda una colección de horrores. Se trataría del primer período de tiempo geológico creado por la acción directa de una sola especie animal, la más terrible que existe.



Fuentes: ABC.ES
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Dawkins: 'Es arrogante pensar que estamos solos en el Universo'

El biólogo darwinista de Oxford, Richard Dawkins, durante su conferencia en el Festival Starmus.
El biólogo darwinista de Oxford, Richard Dawkins, durante su...
«La idea de que estamos solos en el Universo me parece totalmente inverosímil y arrogante. Teniendo en cuenta la cantidad de planetas y estrellas que sabemos que existen, es extraordinariamente improbable que seamos la única forma de vida evolucionada». El biólogo darwinista Richard Dawkins, famoso por sus campañas a favor del ateísmo, proclamó ayer su fe en los extraterrestres, e incluso se atrevió a proponer una «taxonomía preliminar» para describir cómo podrían ser los alienígenas que deben existir ahí fuera.

En una apasionada conferencia pronunciada en la jornada inaugural del Festival Starmus, un congreso astronómico internacional que se va a celebrar durante toda esta semana en Tenerife, el catedrático de Oxford admitió que en esta ocasión se iba a adentrar de lleno «en el terreno de la especulación», pero aseguró que él apuesta por la vida extraterrestre por el peso de la evidencia astronómica.

Si en las últimas décadas se ha comprobado que sólo en nuestra galaxia existen 100.000 millones de planetas, de los cuales 10.000 millones se encuentran en zonas consideradas habitables de sus estrellas, a Dawkins la idea de que la vida en la Tierra sea una insólita excepción cósmica en el Universo le parece prácticamente imposible. Para el autor de obras tan importantes como 'El gen egoísta' o 'El espejismo de Dios', lo que la ciencia está comprobando con indicios cada vez más sólidos es que no somos el ombligo del Universo, en un paraíso planetario diseñado para nosotros por un creador.

Por el contrario, los hallazgos de la Astronomía indican que la Tierra es uno de los muchos mundos donde la vida ha iniciado un proceso evolutivo, según dijo el biólogo ante un auditorio abarrotado de aficionados al estudio del Cosmos. Entre el público también se encontraba la otra gran estrella invitada, Stephen Hawking, que impartirá hoy una conferencia.
Darse la mano con E. T.

«Lo verosímil, y lo más probable, es que el Universo tenga muchas formas de vida», asegura Dawkins. «La dificultad es demostrarlo, porque esas formas de vida están en islas separadas por inmensas distancias». Por eso, el biólogo británico cree que si algún día logramos contactar con E-T, será mediante señales de radio, pero duda mucho que «podamos darnos la mano» con un alienígena.

Y desde ese punto de vista, Dawkins cree que sin duda merecen la pena iniciativas como el SETI, el proyecto para la búsqueda de vida inteligente que impulsó el mítico astrónomo y divulgador Carl Sagan para captar señales de otras civilizaciones. «Es una apuesta arriesgada en la que el éxito es muy improbable, pero podría dar resultados», dijo.

¿Cómo podrían ser esas formas de vida extraterrestre? ¿Tenemos suficientes datos como para arriesgarnos a predecir cómo sería la biología de otros mundos? Dawkins admite que cualquier propuesta en este terreno necesariamente tiene que ser un ejercicio imaginativo. Sin embargo, considera que «sabemos lo suficiente sobre los principios básicos de la vida» como para proponer algunas «hipótesis bien fundadas».

Ante todo, Dawkins (como buen discípulo del autor de 'El origen de las especies') dice que apostaría «su camisa» a que la vida en otros mundos sigue una evolución darwinista basada en la selección natural. El biólogo mostró algunos ejemplos clásicos de mutaciones adaptativas que favorecen la supervivencia de especies en la Tierra, como unas diminutas orugas que se apiñan para parecer un animal gigante, insectos que se camuflan de sus depredadores adoptando forma de espina, o peces que se disfrazan de algas.

Si los alienígenas existen, a Dawkins no le cabe la menor duda de que todos ellos «están en el negocio de sobrevivir para reproducirse» mediante toda clase de adaptaciones que les ofrecen ventajas sobre los competidores en su entorno.

El biólogo ateo, en definitiva, reconoció que está deseando que se hallen las primeras pruebas de vida en Marte, para dar un nuevo golpe a «la vanidad humana» y al «antropocentrismo» de creernos seres especiales de origen divino. De la misma manera que la Ciencia ya desmontó la idea de que el Sol giraba en torno a la Tierra, para Dawkins la siguiente gran revolución copernicana sería comprobar que la vida no es en absoluto un monopolio de la Tierra.
Inspirar la pasión por el Cosmos

El Festival Starmus, que va ya por su segunda edición, no está concebido únicamente para astrónomos profesionales, sino sobre todo para inspirar la pasión por el Cosmos en toda la sociedad. Por eso entre sus invitados no sólo hay científicos de la talla de Dawkins, Hawking y los premios Nobel John Mather y Harold Kroto, sino también cosmonautas como Alexei Leonov -el primer hombre que realizó un paseo espacial-, uno de los astronautas del programa Apolo que pisó la Luna, Charlie Duke, y el guitarrista de Queen, Brian May, que también es doctor en Astrofísica. Antes de formar su legendaria banda con Freddie Mercury, May había iniciado un trabajo de investigación doctoral en el Instituto de Astrofísica de Canarias, pero lo abandonó cuando sus canciones empezaron a arrasar en todo el mundo. Sin embargo, fue precisamente el fundador y director de Starmus, el astrónomo de origen armenio Garik Israelian, quien animó al mítico guitarrista a terminar su tesis y se convirtió en el supervisor de su doctorado. «Este festival es una locura maravillosa en la que vamos a reflexionar sobre el lugar de la Humanidad en el Universo», proclamó ayer May durante la inauguración de esta gran fiesta astronómica.

Fuentes: elmundo.es
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¿Por qué los seres humanos tenemos vello púbico?

Un enigma más de nuestro cuerpo, apareció después de convertirnos en un «mono desnudo» para, probablemente, cumplir una función distinta a la del resto del vello corporal.
Nuestros ancestros sufrieron un proceso de perdida de pelo corporal que nos convirtió en el único mono desnudo del planeta. Sin embargo, somos también el único mono que cubre sus partes púdicas con una ostentosa y casi excesiva mata de grueso vello. ¿Por qué? Si la pérdida del vello corporal fue evolutivamente beneficiosa para nuestros ancestros, ¿por qué no perdimos también el vello púbico en el transcurso de la evolución?

La resolución de este enigma pasa por echar un vistazo al árbol genealógico de unos insectos nada populares, los piojos. Como todos los parásitos, los piojos que hoy corretean por nuestro vello corporal han ido evolucionado junto con sus huéspedes, nuestros antepasados, a lo largo de nuestra historia evolutiva. Por ejemplo, los piojos que encontramos en los gorilas, del género Pthirus, divergieron de los piojos que encontramos en humanos y chimpancés, del género Pediculus, poco después de que los gorilas y el ancestro común a chimpancés y humanos se separasen.

De la misma manera, la especie de piojo que hoy combatimos en el pelo de nuestro hijos, Pediculus humanus capitis, se separó de la que encontramos en los chimpancés aproximadamente en el mismo momento en que chimpancés y humanos tomaron caminos evolutivos distintos, hace unos 6 millones de años. Desde entonces, hasta hace entre 80.000 y 170.000 años, los piojos del cabello humano sobrevivieron refugiados en nuestra testa sin poder colonizar nuevos ambientes, ya que nuestro escaso vello corporal les impedía expandirse. Sin embargo, hace entre 80.000 y 170.000 años (dependiendo de la población humana a la que nos refiramos) los humanos comenzamos a cubrir nuestro cuerpo con ropa y esto permitió a los piojos del cabello recolonizar nuestro cuerpo para convertirse en los piojos del cuerpo humano (Pediculus humanus corporis).

Esta interesante genealogía parásita no solo refleja un hecho evolutivo muy común, como es la coevolución de parásitos y huéspedes, sino que nos proporciona algunas pistas sobre el origen de nuestro vello púbico. Concretamente, lo hace la posición que en ella ocupa una especie muy particular de piojo del que aún no hemos hablado, y que algunos desafortunados humanos cobijan en su vello más íntimo. Se trata del «piojillo» (Pthirus pubis), también conocido como el piojo del vello púbico. Pues bien, resulta que esta especie no pertenece al grupo que evolucionó con chimpancés y humanos (Pediculus), como cabría esperar si hubiese evolucionado en el vello púbico de nuestro ancestro común. Sorprendentemente, pertenece al grupo de los piojos de los gorilas (Pthirus; un grupo que se especializa en vello más grueso que el de nuestro cabello) del que habría divergido hace tan solo 3,5 millones de años. Lo que esto sugiere es que el piojillo del vello púbico habría recolonizado nuestro cuerpo directamente desde los gorilas (mucho después de que gorilas y humanos tomásemos caminos evolutivos distintos) aprovechando la presencia de una nueva clase de pelo, convenientemente grueso, en nuestra especie.

Ornamento sexual
En resumen, el árbol genealógico de los piojos sugiere que nuestro «exagerado» (si lo comparamos con cualquier otra especie de mono del planeta) y grueso vello púbico apareció mucho después de convertirnos en un mono desnudo, y por tanto muy probablemente para servir una función completamente distinta a la del resto de nuestro vello corporal. ¿Cuál? Me temo que aquí volvemos a pisar terreno altamente especulativo. Las características de nuestro vello púbico y el hecho de que este aparezca durante la pubertad han llevado a algunos antropólogos a sugerir que se trata de un ornamento sexual que podría estar relacionado con la transmisión de feromonas sexuales (sustancias químicas atractivas para el sexo opuesto).

Esta posibilidad encaja bien con la presencia de glándulas apocrinas en la región del perineo (entre el ano y los genitales), que además crecen en tamaño y se activan durante la pubertad al mismo tiempo en que crece el vello púbico. Este tipo de glándulas del sudor están relacionadas con la secreción de feromonas sexuales en muchos mamíferos, donde con frecuencia van acompañadas de mechones de pelo que sirven literalmente para atrapar las feromonas emitidas, favoreciendo así su detección por parte de otros individuos.

Sin embargo, y a pesar de estos paralelismos, (aún) no existe evidencia firme que demuestre esta función en humanos, por lo que el vello púbico permanece de momento como un enigma más de nuestro cuerpo. Una cosa sí que sabemos, estudios recientes sugieren que la guerra que, a base de depilaciones brasileñas y armados con modernas máquinas de afeitar, hoy libramos contra el vello púbico esta trayendo consecuencias no siempre positivas.

Aunque está reduciendo considerablemente las infestaciones por piojillos, al incrementar el contacto piel a piel durante las relaciones sexuales la ausencia de vello púbico parece estar favoreciendo la transmisión de varias enfermedades de transmisión sexual. Tenedlo en cuenta la próxima vez que blandáis la cuchilla de afeitar.

Fuentes: ABC.ES
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