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Algún día nos tragaremos un robot


La robótica vive una revolución con avances en campos insospechados que van desde la medicina hasta el funcionamiento del cerebro
Guillermo Altares Sheffield 30 SEP 2014 - 08:59 CEST82
   
Robots kilobots, diseñados para agruparse, en Sheffield. / Simon Butler

A primera vista no parece gran cosa y, desde luego, resulta difícil imaginar que detrás de unos pequeños y ruidosos robots que se mueven torpemente sobre una mesa blanca para agruparse por colores se encuentra un experimento que puede cambiar la historia de la medicina. El futuro ya no es lo que era porque la ciencia ficción se olvidó de Internet. Sin embargo, sí describió una sociedad en la que los robots forman parte de la vida cotidiana. En todo el mundo se multiplican las empresas y universidades con programas para investigar las posibilidades de la robótica y los avances que se han conseguido son extraordinarios. El objetivo de los grupos de robots que acabamos de describir, llamados enjambres porque su modelo es el comportamiento gregario de algunos animales como las termitas, va de lo más grande a lo más pequeño: desde permitir que máquinas colaboren juntas en tareas complejas –como la limpieza de una central tras un accidente nuclear o la circulación de miles de coches sin conductor– hasta, en un futuro que los científicos ven a 20 o 30 años vista, que existan robots minúsculos que podamos tragarnos, se unan solos dentro de nuestro cuerpo y realicen tareas médicas.
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“Los robots humanoides capaces de hacer todo nuestro trabajo, tal y como los hemos visto en las películas, están a muchos años de distancia, si llegan alguna vez. Sin embargo, creo que los robots son cada vez más eficaces en pequeñas tareas muy importantes. Por ejemplo, estoy seguro de que dentro de 50 años nadie conducirá un coche y parecerá un disparate que miles de personas muriesen en las carreteras por accidente evitables”, explica Tony Prescot, director del Sheffield Center for Robotics, uno de los institutos de investigación punteros en Europa, que depende de las dos universidades de esta ciudad del norte de Inglaterra y que coopera con centros de todo el mundo, como la Pompeu Fabra de Barcelona. El pasado fin de semana dentro del encuentro Festival of the mind, este laboratorio en el que trabajan unos 150 científicos de diferentes campos y nacionalidades realizó dos demostraciones de robots, que permitieron entrever el increíble futuro que espera a este campo; pero también su extraordinario presente.

Detrás de una puerta en la que se lee Laboratorio de Interacción entre Robots y Humanos se esconde un peluche blanco con forma de bebé foca llamado Yoko: un robot Paro de fabricación japonesa –Obama se fotografió con uno de su especie en Yokohama–. La habitación está llena de cámaras, que filman las reacciones ante un robot que mira, responde a su nombre y a los impulsos como las caricias (cuesta 7.000 euros y existen unos 1.000 ejemplares). En el laboratorio, el objetivo es analizar las relaciones de los humanos antes los robots, que van desde el temor hasta la curiosidad. "Es una pena que la ciencia ficción haya ofrecido una imagen tan negativa de los robots", explica Emily Collins, estudiante de posgrado en el centro de investigación y experta en las relaciones entre robots y humanos. "Son como cualquier otro instrumento y tienen aplicaciones muy importantes". ¿La utilidad del Paro en la vida real? Cada vez se usan más como terapia para los enfermos de demencia senil o alzheimer, como si fuesen animales de compañía sin los problemas que estos plantean en un entorno hospitalario. Otro robot, Zeno, con forma humana y con una gran capacidad para reproducir gestos, parece un juguete sofisticado (y caro). Pero, sobre todo, se utiliza para tratar niños autistas.

Durante la muestra, también se exhibe un robot drone que, gracias a un programa de reconocimiento facial, puede seguir a una persona (afortunadamente, las baterías no duran demasiado). Hay robots con brazos programados para agarrar un determinado objeto o que aprenden a detenerse ante una línea blanca antes de chocarse (sirven para estudiar los mecanismos neuronales). Mantienen abierta, además, una línea de investigación que simplificaría mucho la vida de los pacientes: un robot que es una mesa de hospital que responde a la voz.

Robot Paro en el laboratorio de la Universidad de Sheffield. / Simon Butler

Sin embargo, al final, lo más extraordinario resulta lo aparentemente más sencillo: los enjambres. La Universidad de Harvard, que es quien fabrica estos aparatos de 3 centímetros de ancho llamados kilobots, logró agrupar este verano 1.000 robots en el mayor movimiento colectivo de máquinas realizado hasta el momento. Cuestan 100 euros cada uno y Sheffield es el centro que más kilobots tiene –900– tras la universidad estadounidense. Roderich Gross, el responsable de este proyecto, explica: "Puedes hacer eso sin memoria y sin computación. Son sensores e infrarrojos que les dicen si hay un robot cerca o no". El profesor Gross explica que la idea es imitar a la naturaleza, a las formaciones que crean las bandadas de pájaros o los bancos de peces o los montículos que construyen las termitas, en las que la suma de decisiones muy sencillas de muchos individuos (a veces millones en el caso de los insectos) llegan a producir estructuras muy complejas, como las termiteras.

Dentro del mismo laboratorio, un español, Juan A. Escalera, ha desarrollado unos robots que se unen con imanes y se pasan energía, otra de las claves para ese futuro en el que nos tragaremos una pastilla que se convertirá en un robot dentro de nuestro cuerpo. "El mundo de la robótica es mucho más diverso de lo que pensamos. Pero no hay que dejarnos cegar por el tamaño, lo importante es la organización. La idea es crear una mente genérica que pueda funcionar para organizar tanto una ciudad como un nanorobot", afirma Verschure.

El laboratorio de la universidad de Sheffield aparece vacío porque la mayoría de los robots han sido trasladados para su exhibición. Solitario, como un personaje de Inteligencia Artificial, se encuentra sin embargo el Icub, un robot humanoide creado por el Instituto Italiano de Tecnología de Génova y que forma parte de un proyecto europeo, en el que trabaja también la Pompeu Fabra. Actualmente hay unos 30 Icub en el mundo y cada uno cuesta 250.000 euros. Esta máquina muestra los avances de la robótica y la inteligencia artificial, pero también el largo camino que tienen por delante. "Nosotros utilizamos el robot no como un fin en sí, sino para entender cómo funciona la mente, como una herramienta para comprender la arquitectura de las emociones y las percepciones", explica desde Barcelona Paul Verschure, director de Specs, el grupo de trabajo en inteligencia artificial de la Pompeu Fabra, que colabora con Sheffield. Tony Prescot asegura que el objetivo de su grupo de trabajo es que sea capaz de ser consciente de su cuerpo, de reconocer objetos con los dedos, de tener sensibilidad en la piel. También se está trabajando en la construcción de una memoria autobiográfica -se han logrado avances importantes en Lyon- y en el estudio de cómo aprendemos una lengua.

Los robots representan una creciente industria –la UE anunció este verano una inversión de 2.800 millones de euros para un sector en el que Europa tiene un 32% de cuota de mercado, mientras que Google ha comprado ocho compañías de robótica en los últimos dos años–. Según datos del sector, los robots mueven ya 19.000 millones de euros al año. "La robótica es un mundo fantástico. Por eso no debemos exagerar. Resultan muy útiles por ejemplo para cuidar ancianos; pero no hay que utilizarlos por motivos económicos, no pueden reemplazar a las personas", explica el profesor de Inteligencia Artificial en Sheffield, Noel Sharkey, experto en ética robótica, que encabeza una campaña mundial que ha llegado hasta la ONU para prohibir los robots militares (o por los menos regular para que no tomen solos la decisión de matar). ¿Estamos en las puertas de una revolución similar a la que representaron los ordenadores personales, Internet o los móviles? "Sin duda, aunque nos encontramos en el principio", responde Prescot. "Las máquinas son mucho mejores que nosotros en algunas cosas; pero hay problemas simples que todavía resultan muy difíciles de resolver". Paul Verschure, director de Specs, el grupo de trabajo en inteligencia artificial de la Pompeu Fabra, explica por su parte desde Barcelona: "Pensar es lo sencillo: los grandes retos son la conciencia, la creatividad, las emociones". Y los problemas no solo vienen de la tecnología: ¿Quién es legalmente responsable si un coche robotizado provoca un accidente? Ningún jurista ha encontrado una respuesta lo suficientemente convincente como para que los coches que se conducen solos puedan circular sin problemas. Los científicos no sólo imaginan androides que sueñan con ovejas eléctricas o que hablen seis millones de formas de comunicación; imaginan robots útiles para cada rincón de la vida cotidiana.



Fuentes: EL PAIS.COM
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'En 2045 el hombre será inmortal'

José Luis Cordeiro, profesor en la Singularity Universirty de Silicon Valley, afirma que el progreso tecnológico perimitirá acabar con el envejecimiento
José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University.
 José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University. José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University. EM

"Y al día siguiente no murió nadie". Así comienza José Saramago Las intermitencias de la muerte, una novela en la que un 1 de enero de no se sabe bien qué año los humanos dejaron de morir, planteando un problema de tremenda magnitud para la sociedad y un desafío demográfico difícil de imaginar.

Pues bien, ese momento que un día vislumbró Saramago ya tiene fecha: "En 2045, el hombre será inmortal". Así lo afirma José Luis Cordeiro, profesor y asesor de la Singularity University, una institución académica americana creada en 2009 por la NASA y financiada por Google, que ha participado en el encuentro 'Inteligencia artificial y porvenir de la especie humana' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Santander. Ni el sida, ni el cáncer, ni el hambre. Nada. En poco más de 30 años, ninguna enfermedad podrá acabar con la especie humana porque, según asegura, "el envejecimiento es una enfermedad curable".

"En 2029 tendremos artefactos del tamaño de un ordenador capaces de sobrepasar el nivel de inteligencia del ser humano".
Para hacer semejantes afirmaciones, Cordeiro se basa en una corriente cada vez más extendida y de la que ya se hizo eco la revista Time: la llamada "singularidad tecnológica". Ésta apunta hacia el progreso tecnológico y la llegada de la inteligencia artificial como las herramientas que acabarán con la 'edad humana' y darán lugar a la 'edad posthumana'. Un hito hasta ahora inimaginable en un mundo en el que la brecha digital y las desigualdades sociales siguen siendo una evidencia en los distintos países que pueblan el planeta y en el que aún hoy existe un acceso desigual a la sanidad o la tecnología.

Cordeiro viene a confirmar lo que ya había dicho Ray Kurzweil, quien vaticinó en distintas ocasiones que en un momento en la historia de la humanidad las máquinas llegarán a tomar conciencia. Según el director de ingeniería de Google y fundador de la Singularity University, en 2029 tendremos artefactos del tamaño de un ordenador, capaces de sobrepasar el nivel de inteligencia de un ser humano; y en 2045, algún tipo de software será capaz de asumir la inteligencia combinada de todos los hombres y la complejidad de los procesos del pensamiento. En ese momento, un software podría llegar a sobrepasar la sofisticación del cerebro humano y a provocar "la muerte de la muerte".

"Entre el año 2029 y el 2045, vamos a tener computadoras con más transistores que neuronas tiene nuestro cerebro. Y ese será el inicio de la singularidad tecnológica, cuando la inteligencia artificial alcance a la inteligencia humana", afirma en esa línea el profesor Cordeiro.
Cordeiro afirma que los ordenadores llegarán a tener más...
Cordeiro afirma que los ordenadores llegarán a tener más... Cordeiro afirma que los ordenadores llegarán a tener más transistores que neuronas en el cerebro humano. EM

Pero este investigador venezolano va aún más allá. Prevé que, en los próximos 10 años, por 10 dólares cualquier hombre podría llegar a acceder a la secuenciación de su genoma, conocer qué relación guardan enfermedades como el cáncer o el Alzheimer con sus genes y llegar a prevenirlas. Ello, garantiza, permitiría a los humanos en un futuro próximo "diseñar" a nuestros descendientes a nuestro gusto y evitar según qué trastornos.

Hace 50 años, el escritor británico de ciencia fricción Arthur C. Clarke formuló tres leyes relacionadas con el avance científico. La primera de ellas decía que si un científico afirma que algo es posible, seguramente esté en lo correcto; pero si dice que es imposible, probablemente esté equivocado. La segunda insistía en que la única forma de descubrir los límites de lo posible era aproximarse hacia lo imposible. Y la tercera, que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Era ciencia ficción, pero en ellas se apoya la singularidad tecnológica para aventurarse a realizar semejantes previsiones futuras de una realidad distópica.

"Hace 30 años no había ordenadores personales. Hace 20 años comenzaban a aparecer los primeros móviles. Hace 10 años Google era una pequeña start-up y hoy es una de las compañías más ricas del mundo y paga mi salario. ¿Qué va a pasar en los próximos 10, 20, 30 años? Cosas mágicas", asegura este investigador.

"En los próximos años los humanos se fusionarán con los robots".

La veracidad de sus afirmaciones, insiste, se encuentra en los avances de la ciencia y la tecnología. En los logros alcanzados por la Methuselah Foundation, una institución que ha conseguido extender la vida saludable de los ratones hasta los cinco años en la última década, "el equivalente a 1.000 años humanos"; o en la demostración de que células como las germinales, las cancerígenas o las bacterias "no envejecen". Ello demostraría que "la vida nació para vivir y no para morir".

Sea como fuere, lo que sí es una evidencia es que la tecnología cambia de forma exponencial y el progreso de la inteligencia y del conocimiento es aparentemente imparable. ¿Dónde están los límites ? O, más bien, ¿existen esos límites? Aparentemente, no.

"El cerebro es la estructura más compleja del universo y, además, el único órgano que aún no se ha creado artificialmente. Sin embargo, los científicos están empezando a estudiar el cerebro de forma sistemática y vamos a tener una explosión de la inteligencia artificial", explica el profesor de la Singularity University. La 'Iniciativa Brain', un proyecto de investigación estadounidense para tratar de trazar un mapa de toda la actividad cerebral, la última gran frontera de la ciencia; o el 'Human Brain Project', un programa internacional que intenta facilitar a los investigadores una herramienta que ayude a entender el cerebro humano, además de simular informáticamente su funcionamiento, hacen prever a este investigador que "en los próximos años los humanos se fusionarán con los robots". Éstos, como en 'El hombre bicentenario', llegarán incluso a tener sentimientos.

"En los próximos 30 años vamos a curar todas las enfermedades y ustedes son parte de la primera generación inmortal humana".

En 2007, los gobiernos de Corea y Japón ya mostraban su preocupación por un futuro lleno de robots y emprendían distintas medidas con el fin de tratar de regular su conducta. De hecho, el título de esta iniciativa legislativa era 'Borrador de guía para asegurar la sana conducta de la próxima generación de robots'. Ambos países consideraban insuficientes las leyes que ya formulase Isaac Asimov: un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inactividad, permitir que un ser humano sufra daño; un robot debe obedecer las órdenes de los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley; un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o Segunda Ley.

Podría decirse que todo lo anterior es pura especulación. Tal vez un tremendo disparate. Pero José Luis Cordeiro y la Singularity University, una de las instituciones de mayor prestigio y especialización en la investigación y formación sobre nuevas tecnologías y su aplicación en los sectores más estratégicos y decisivos sobre el crecimiento económico y el bienestar social de la población, creen que no.

"En los próximos 30 años vamos a curar todas las enfermedades y ustedes son parte de la primera generación inmortal humana", insiste. Y es que, como dijo el filósofo y dibujante inglés William Blake, "todo lo que hoy vemos, fue un día imaginación; todo lo que hoy imaginamos, podrá ser realidad mañana". O como dijo Mafalda, "el futuro ya no es lo que era antes".


Fuentes: El mundo.es
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Robots inspirados en termitas pueden construir solos, sin planos y sin ayuda

Desarrollados por ingenieros de Harvard, cooperan entre ellos como una colonia de insectos para modificar su entorno y levantar estructuras con bloques
Los robots TERMES pueden transportar ladrillos y añadirlos a una estructura, siguiendo unas reglas básicas y sin recibir órdenes

En las llanuras de Namibia, millones de diminutas termitas construyen un montículo de tierra, un «pulmón» de casi 2,5 metros de alto para su nido subterráneo. Tardarán un año en levantarlo, un tiempo en el que muchos miembros de este pequeño ejército morirán y otros nacerán, y la estructura será erosionada por el viento y la lluvia. Pero, a pesar de todas las vicisitudes y adversidades, el proyecto continuará para prolongar la vida de la colonia. ¿No es admirable?

Científicos e ingenieros de la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas (SEAS) y el Instituto Wyss de Ingeniería Inspirada Biológicamente de la Universidad de Harvard creen que lo es, y mucho. Hasta el punto de que se han inspirado en estos insectos para crear un equipo de robots llamados TERMES con aspecto de inocentes juguetes pero capaces de construir estructuras complejas tridimensionales, con la particularidad de que lo hacen por sí mismos. No necesitan recibir órdenes de ningún supervisor. Simplemente, cooperan entre ellos para modificar su entorno de la misma forma que las termitas pueden levantar una «chimenea» cientos de veces su tamaño sin un plan detallado.

Cuando los trabajos de construcción son realizados por seres humanos, los trabajadores se dividen en una organización jerárquica, supervisados por un capataz y con planos detallados de cómo hacer las cosas. Pero en las colonias de insectos «cada termita no sabe lo que las otras están haciendo o cómo va la actual situación general del montículo», explica Justin Werfel, autor principal de la investigación, del Instituto Wyss.

Las termitas se basan en un concepto conocido como estigmergia, una especie de comunicación implícita: observan los cambios de las demás en el medio y actúan en consecuencia. Eso es lo que hacen los nuevos robots. Gracias a unos algoritmos sencillos, los TERMES se desplazan hacia adelante, hacia atrás y giran sobre sí mismos, suben o bajan pequeños escalones, levantan escaleras si es necesario para llevar a los niveles más altos, y recogen y llevan ladrillos de espuma para depositarlos frente a ellos mismos. Si perciben un ladrillo en su camino, acarrean la carga hasta el siguiente espacio abierto. Aunque cada robot «sabe» solo las reglas simples, juntos exhiben un comportamiento inteligente. De esta manera, pueden construir torres, castillos y pirámides de bloques de espuma.

Cada robot ejecuta su proceso de construcción en paralelo con los demás, pero sin saber quién más está trabajando al mismo tiempo. Si un robot se rompe o tiene que abandonar la tarea, no afecta al resto ni al proceso. Esto significa que las mismas instrucciones pueden ser ejecutadas por cinco robots o por 500, de forma que se pueden añadir más robots, incluso a mitad del trabajo, sin necesidad de cambiar cómo están programados.

En el futuro, según explican los autores en la revista Science, robots similares podrían servir para poner sacos de arena en previsión de una inundación, construir refugios después de un terremoto o, quién sabe, quizás crear hábitats bajo el agua en otros planetas o llevar a cabo tareas de construcción en Marte.

Fuentes: ABC.ES
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Hacia el trabajo más 'robótico': la cibernética podría elevar el paro mundial hasta el 75%

Economistas predicen que en el futuro los robots podrían privar a la gente de sus puestos de trabajo, elevando así el desempleo mundial hasta el 50-75%, agravando a la postre las tensiones sociales.
El profesor de ciencias informáticas Moshe Vardi de la Universidad de Rice considera que dentro de 25 años el trabajo que hoy se hace a mano será una práctica obsoleta e inusual. "La conducción [hecha] por las personas parecerá algo evocador y será como ahora un caballo o un calesín", dijo.

Entre las profesiones que van a desaparecer en un futuro próximo se incluyen, por ejemplo, a los empleados de los servicios sanitarios, conductores de camiones o los conductores de taxi. Hoy en día en EE.UU. cerca de 4 millones de personas desempeñan este tipo de trabajos.

Computadoras inteligentes también desplazarán a las personas de profesiones empleados en trabajo de rutina, tales como la entrada de datos, cálculos, etc. Hoy, en estos puestos de trabajo, principalmente en el sector financiero, trabajan en EE.UU. cerca de 7 millones de personas.

Del trabajo rutinario al robótico

Con todos estos factores sobre la mesa, un dato del desempleo del 50% suena muy optimista, afirma el emprendedor de software Martin Ford que pronostica un desempleo de un 75% para finales de siglo.

"La gran mayoría de la gente hace el trabajo rutinario", dice Ford. "La economía humana siempre ha exigido el trabajo rutinario". Y, finalmente, parece que este trabajo no lo llevarán a cabo los humanos.

Mientras tanto, no todos creen que los futuros robots vayan a reemplazar completamente el trabajo manual humano. Según algunos expertos, las máquinas no son un buen sustituto de los trabajadores del sector servicios.

De todos modos, con la sustitución de las personas por robots aumentará la desigualdad y las tensiones sociales que pueden ser factores más peligrosos que los desastres o que el calentamiento global. Las tecnologías se están desarrollando demasiado rápido, y tanto la economía como la sociedad van a la zaga, escribe 'Business Insider'.

Si el beneficio de las nuevas tecnologías más eficientes se concentra en un pequeño grupo de personas, y el modelo social y de negocio sigue siendo el mismo, un gran número de personas no serán capaces de encontrar su hueco en la economía.


Texto completo en: http://actualidad.rt.com/
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