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Trasmoz, el único pueblo maldito y excomulgado de España

Corría el siglo XIII cuando la localidad fue excomulgada por celebrar aquelarres y fiestas paganas. Papas, muchos, ha habido desde entonces, pero ninguno ha levantado el castigo

Las leyendas sobre brujería han creado un halo de misterio en torno a este pequeño pueblo zaragozano

Las leyendas sobre brujas y aquelarres han perseguido a Trasmoz (Zaragoza) a lo largo de los siglos. Ubicado en las faldas del Moncayo, a escasos kilómetros del Monasterio Cisterciense de Veruela, este pequeño municipio zaragozano –con a penas 70 habitantes– ha estado siempre rodeado de un halo de misterio. Lo cierto es que actualmente es el único pueblo maldito y excomulgado de España y solo el Papa podría poner fin a esta situación que vive el pueblo desde hace cientos de años.

Corría el siglo XIII cuando la localidad fue excomulgada. Por aquel entonces Trasmoz era como una isla laica rodeada de todos los pueblos que pertenecían al Monasterio de Veruela. Según cuentan las leyendas, la actividad de las brujas estaba en aquellos años en su máximo apogeo y, entre los muros de su castillo, los aquelarres y todo tipo de actos paganos eran una constante.

Lo que sí está contrastado es que Trasmoz –actualmente con apenas 80 vecinos empadronados– impedía que el Monasterio de Veruela impusiese un control absoluto sobre el territorio como sí ocurría con el resto de poblaciones de los alrededores. Era independiente, por ejemplo, en el uso del agua, ya que la Corona le había otorgado una serie de derechos que le situaban en una posición más ventajosa que al resto de municipios. Además, hay quien señala que en su Castillo lo que realmente se hacía era acuñar monedas falsas que minaban los ingresos de Veruela. Y fue este compendio de razones las que llevaron a excomulgar al municipio por orden papal.

Muchos años después, ya en el siglo XVI, en concreto en 1511, el Abad del Monasterio de Veruela decidió propagar por el municipio de Trasmoz una maldición convirtiéndolo en el único pueblo maldito conocido de toda España. A la entrada del pueblo, una cruz con un velo negro, dejaba constancia de la maldición, en la que participaron todos los monjes del Monasterio con la lectura del salmo 108 del libro de los salmos.

«Danos tu ayuda contra el adversario, porque es inútil el auxilio de los hombres; Con Dios alcanzaremos la victoria, y él aplastará a nuestros enemigos». Un salmo que se usaba para maldecir a los enemigos y con el que quedó maldecido el señor de Trasmoz, sus descendientes y todo un pueblo. No hay otro lugar en España en el que se haya realizado un ritual de estas características.
Un filón turístico

Y maldito y excomulgado ha llegado Trasmoz hasta nuestros días, ya que hasta el momento ningún Papa ha levantado la maldición ni la excomunión. Aún así, poco o nada afecta esta situación al día a día del municipio. Y es que se celebran actos religiosos con absoluta normalidad y se han mantenido las tradiciones religiosas a lo largo de la historia.

Es más, son estas historias las que cada año llevan a miles de turistas a visitar esta localidad zaragozana, que ha hecho de sus brujas y sus leyendas todo un filón para el turismo. Cuenta con un museo dedicado a la brujería y cada año, con la llegada del verano, se celebra una feria dedicada a las brujas, la magia y las plantas medicinales que atrae a cientos de visitantes al pueblo.



Fuentes: http://www.abc.es/
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El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI

Cuando los británicos llegaron a Roanoke (una de sus colonias en el Nuevo Mundo) se percataron de que todos sus habitantes se habían esfumado. Solo hallaron una palabra tallada en un árbol: «Croatoan»
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

Si algo ha demostrado la Historia es que, independientemente de los años que se vayan acumulando en el calendario, existen misterios cuya solución quedará oculta en los albores del tiempo. Así ha quedado claro gracias a sucesos inexplicables como la muerte de Amelia Earhart durante el S.XX o, viajando algunos siglos en el tiempo, lo que acaeció con más de un centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de la colonia inglesa de Roanoke (en el Nuevo Mundo). El devenir de aquella comunidad es, a día de hoy, un enigma sin resolver que desconcierta al mundo. Y es que, cuando los británicos llegaron a lo que había sido un próspero fuerte habitado por sus paisanos en el Norte de América (y que había pasado tres años incomunicado debido a la guerra contra España) hallaron una ciudad totalmente desierta y tan solo una palabra escrita en un árbol: «Croatoan».

A pesar de que este misterio lleva décadas desconcertando a la humanidad, este agosto ha vuelto a salir a luz después de que un equipo de arqueólogos haya dado a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin (y más de 400 años después) qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.
Una carrera por el Nuevo Mundo

Para hallar el origen de esta colonia perdida es necesario viajar en el tiempo hasta el S.XVI. Los de entonces eran momentos de conquista de territorios inexplorados, años en los que cualquier pordiosero de malvivir se ataba un cuchillo al cinto y, a cambio de unas monedas, se subía a un cascarón de madera para partir hacia el Nuevo Mundo en busca de riquezas. Poco importaban a los desgraciados que sentaban sus posaderas en aquellos buques sobrevivir al peligroso viaje (plagado de enfermedades, temporales y piratas) que se les avecinaba a través del Atlántico, pues la promesa de expoliar hasta la última onza de oro y plata de los nativos y vivir como unos señores por aquellos lares les era suficiente.
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

Cuando el calendario marcaba aquellos días, en Europa era bien conocido por todos que el máximo exponente de conquista y expansión en territorio americano era la vieja España. Al fin y al cabo, por algo se había dejado los cuartos financiando a Cristóbal Colón y, posteriormente, había fomentado los viajes de ilustres exploradores (o asesinos, según a quien se le pregunte) como Francisco Pizarro o Hernán Cortés. Poco podían hacer otras naciones para tratar de equipararse al poderío de Felipe II. Ni siquiera la todopoderosa Isabel I (soberana de Inglaterra e Irlanda) tenía capacidad de igualar a la Flota de Indias de la Armada hispana, los gigantescos convoys que partían periódicamente desde la Península hacia el Nuevo Mundo para volver cargados de riquezas.

La situación era inigualable para los de Felipe II. Al menos en un principio, pues debió ser que, hasta sus reales narices de que España se enriqueciera sin dejar ver ni una moneda a sus islas, Isabel I se empeñó en poner zancadillas a nuestro país patrocinando a algunos piratas (o corsarios, como los llamaba finamente su majestad, a pesar de que la práctica era la misma) tan conocidos como Francis Drake. A su vez, a la reinona no se le ocurrió otra cosa que fomentar la llegada de sus súbditos al Nuevo Mundo ofreciéndoles a cambio llenar sus bolsillos. Y es que, por entonces se hacía válido aquello de «el primero que llega elige» (o, en este caso, se queda con la tierra) y, cuanta más tierra pudiera arrebatarle a aquellos malditos hispanos, mejor para ella.

«La ambición de los ingleses era ensombrecida por las hazañas españolas en América […] y las fundaciones subsecuentes de colonias a lo largo del continente americano. Pero, a pesar de lo poco que Inglaterra logró durante la primera mitad del S.XVI, los descubrimientos y conquistas españolas estimularon el expansionismo inglés en la segunda mitad del siglo, cuando la actividad inglesa en América gradualmente se desplazó a un nuevo plano y conduciría a que Inglaterra intentara implantar sus propias colonias», explica Pedro Chalmeta Gendrón, catedrático de Estudios árabes e islámicos por la Universidad Complutense de Madrid, en su dossier «Los proyectos coloniales ingleses del S.XVI y el ejemplo español» (ubicado en la obra «Cultura y culturas en la historia»).
Virginia, el futuro Roanoke

Con la reina bendiciendo con dinero y tierras a todos aquellos con arrestos suficientes para hacer un viaje de semanas a través del temible Atlántico, muchos ingleses le echaron lo que había que echarle y organizaron varias expediciones hacia el Nuevo Mundo con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Humphrey Gilbert, un militar cuarentón que -en 1583- soñaba con llegar a ser todo un rey de la futura América. Su idea, más que ambiciosa, era que tanto los colonos ingleses como los nativos le pagaran a tocateja para poder vivir en el Norte de América. La fantasía le duró poco, pues se fue al otro barrio ese mismo año dejando tras de sí un reguero de sueños sin cumplir.

El relevo de este británico lo tomó su hermanastro, Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición con una un par de buques para hacer realidad los deseos de la reina y llenar, de paso, su bolsa. «Raleigh […] obtuvo de la Reina Isabel nuevas cartas patentes conforme a las que se habían extendido para Gilbert y, acompañado de algunos hombres generosos que tomaron parte en sus proyectos, hízose a la vela el 27 de abril de 1584 con dos embarcaciones […] cuyo mando estaba confiado a Felipe Amidas y Arturo Barlow. Partieron con derrotero para las islas Canarias y de las Antillas, como por entonces se acostumbraba, desde cuyas islas siguieron adelante subiendo hacia las costas del continente», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América».
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Aquella expedición fue todo un éxito para los bebedores de té, que arribaron a América del Norte sin apenas dificultades y lograron contactar con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo. Allí se asentaron durante algunos meses. Posteriormente, volvieron felices a su hogar cargados con productos típicos de la zona. «Después de este descubrimiento regresó la expedición a Inglaterra, y las comarcas que acababan de reconocerse recibieron el nombre de Virginia, que le daban los indios, ya fuese por exceso de lisonja a la reina Isabel, que hasta entonces había permanecido soltera», añade Roux de Rochelle en su libro.
El nacimiento de la colonia maldita

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh. De hecho, tan bien le fueron las cosas que el británico decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas, por lo que decidió quedarse en las islas y nombró capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos. Frente a él estaba el Atlántico, los odiados súbditos de Felipe II, y la eternidad.

Los que viajaban en esta segunda expedición eran soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona. Con todo eso en su cabeza, los británicos llegaron a las costas del Nuevo Mundo y, ya en tierra, decidieron explorar pormenorizadamente el terreno para seleccionar donde establecerían su asentamiento. La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues –según creían- gozaba de un clima envidiable.
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

Decidido el emplazamiento, Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento […] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», determina el autor francés. Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus «croatoan» y «secotan») a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído. «Los hombres que tomaban parte en esta clase de expediciones eran de tal manera arrastrados por el cebo de las riquezas del Nuevo Mundo, que creían no tener más que desembarcar y penetrar en el interior para alcanzarlas con la mano. Tomaron entonces la dirección del occidente hacia el fondo de la bahía […] y subieron la corriente de un rio con la esperanza de descubrir minas de oro. […] Más este viaje no tuvo resultado alguno», completa el galo.
La primera huida general

Sin haber encontrado ni una mísera onza de oro y sin tener nada que llevarse a la boca, los ingleses terminaron haciendo lo que mejor sabían… abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas y abusivas para obtener todavía más comida de los nativos. Solo era cuestión de tiempo que aquella situación estallase sin remedio.

Al final, hasta la coronilla de buscar sin éxito las riquezas que les habían prometido, y sabiendo que los indios estaban hasta la misma parte de su saqueo, aquellos soldados que habían cruzado el Atlántico varios meses antes tomaron sus pertenencias y se marcharon al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que, en palabras de Roux de Rochelle, pasó con una «flota de 25 velas» por la zona y se ofreció a devolverles al calor de Gran Bretaña. Todo ello, por cierto, después de haber molestado a los españoles saqueando Santo Domingo. Así pues, y con un sonoro «goodbye», abandonaron aquel fuerte sin dejar ni un hombre para defender las posesiones de su graciosa majestad en el Nuevo Mundo. Cuando se marchó de aquel lugar, Lane señaló que solo «el descubrimiento de una buena mina […] o de un paso hacia el mar del sur o alguna forma para ello, y nada más, puede hacer que este país sea habitado por nuestra nación».
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Sir Francis Drake. Pirata para muchos, héroe para los que menos

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.
Una nueva expedición y una primera desaparición

Podría parecer que los ingleses habían aprendido la lección, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. La partida, además, fue ideada de una forma diferente. En lugar de soldados viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región. Según pensaron, ya habría tiempo de liarse a mamporros con el enemigo una vez que los nuevos viajeros hubiesen rebajado la tensión creada por sus anteriores compañeros en el lugar.

El por qué siguieron intentando crear una colonia en el Nuevo Mundo, a pesar de los peligros que suponía y que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes, es simple. «Ellos veían la colonización ultramarina como una fuente de riquezas como la que había fortalecido el poderío español, y querían bases en el Nuevo Mundo desde las cuales Inglaterra prosiguiera su guerra con España. Además, los proponedores de la colonización americana relacionaban la “plantación” colonial con el bien de la sociedad y la economía de Inglaterra. Alegaron que esto aliviaría los problemas sociales internos al proporcionar una salida a los desempleados y pobres», explica Pedro Chalmeta Gendrón en «Cultura y culturas en la Historia». No obstante, Raleigh tuvo que prometer entregar un trozo de tierra en los futuros Estados Unidos a todos aquellos que se unieran a la expedición. Al final, el dinero pudo más que el miedo.
Las tribus hostiles

Sin poder desentrañar el misterio, los colonos empezaron a instalarse en Roanoke. Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Si ya de por si la tensión campaba a sus anchas por Roanoke, finalmente la paciencia de los colonos se acabó un año después cuando un indio asesinó a un habitante de la colonia sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque ordenó a los ciudadanos dos cosas antes de subir sus posaderas al navío. La primera fue no salir del fuerte si la situación no era extrema. La segunda consistía en que, si eran atacados por indios o españoles, dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte: una Cruz de Malta. De esa forma, cuando él llegase, sabría que habían tenido problemas y que se habían visto obligados a marcharse.
Un misterio sin resolver

Con una misión que cumplir a sus espaldas, White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke pero que, como tantos otros, prefería dirigir sus negocios desde la metrópoli que arriesgar su vida en el Nuevo Mundo. De él pretendía obtener dinero y hombres para ayudar a los compañeros que se habían quedado en la colonia. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II. Es decir, tras el comienzo de la guerra que enfrentó a Gran Bretaña y España en el S.XVI y que daría lugar a una de las operaciones navales más grandes de la historia, el desastre de la «Grande y Felicísima Armada»

¿Por qué no pudo obtener ayuda? La respuesta es sencilla. La reina necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles, por lo que White tuvo difícil hacerse con uno. Tampoco le ayudó demasiado su patrón. «Raleigh había agotado tan inmensos recursos para sostener los establecimientos primitivos, que abandonó a otras manos la consecución y cumplimientos de sus vastos designios: la guerra que acababa de declararse a España le ofrecía por otra parte nuevos medios de satisfacer su ambición de gloria y de valimiento, prefiriendo trabajar a la vista de Europa, y atraer por sus hazañas la mirada de su soberano», explica el historiador francés en su obra. Así pues, cansado de derrochar oro y oro en una empresa que no le estaba reportando más que disgustos, cedió sus derechos sobre Roanoke y Virginia a una empresa privada. Las cosas se ponían difíciles para el gobernador, que ahora se veía encerrado en Gran Bretaña y sin posibilidad de socorrer a los colonos.
El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI
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Dibujo elaborado por White de los indios que habitaban en Roanoke

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Tres años después de partir dejando a su suerte a más de un centenar de hombres, mujeres y niños. Fue en marzo cuando finalmente logró hacerse a la mar con destino hacia el Nuevo Mundo en una expedición privada que aceptó dejarle en la isla. Con todo, no llegó hasta la bahía de Chesapeake hasta agosto, pues en su camino hicieron algunos parones para saquear buques españoles.

En agosto de 1590, cuando White y otros tantos hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra “Croatoan” escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

En principio, White consideró que la palabra podría significar que los colonos se habían marchado a vivir junto a los indios croatoan. Sin embargo, no pudo llegar a averiguarlo, pues una gigantesca tormenta cayó sobre al día siguiente e impidió al navegante revisar la zona. Finalmente, el gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».
Nuevos indicios

Desde 1590, los arqueólogos han estado investigando las posibles causas del abandono de Roanoke y el paradero de los más de 100 colones que la habitaban. Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después (hace menos de un mes, concretamente), Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que –a falta de las pruebas pertinentes- podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y –en la mayoría de los casos- los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana. Con todo, habrá que esperar a un análisis más exhaustivo de las piezas para poder determinar si datan del S.XVI o no.

Fuentes: ABC.ES
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«La leyenda del pueblo maldito de Ochate es falsa»

Quienes han investigado la historia de esta localidad abandonada de Treviño aseguran que su «maldición» no tiene fundamento
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Las ruinas de Ochate

«¿Estaremos preparados para la gran oleada OVNI que se avecina en el 2015? Ochate es la clave», se asegura en la promoción del libro «La verdadera historia de Ochate, el pueblo maldito» (Amazon). En él su autor, Pruden Muguruza, insiste en que «uno de los grandes enigmas de la historia» se encuentra a apenas 14 kilómetros de Vitoria, en esta pequeña población abandonada del condado burgalés de Treviño. En sus cercanías, aunque en parajes próximos a Aguillo, Muguruza realizó en 1981 una famosa fotografía de un supuesto ovni que cambiaría para siempre su vida... y la de Ochate.

La imagen se publicó en 1982 en «Mundo desconocido», la revista de referencia entonces para los aficionados a la ufología, en el reportaje sobre este «Ovni en Treviño» que firmó J.J. Benítez. Tres meses después, el propio Muguruza publicó en la misma revista «Luces en la puerta secreta», el artículo que convirtió a Ochate en icono del misterio en España. Según Muguruza, el «enigma de Ochate» comenzó en 1860, cuando «se desató una epidemia de viruela» en este pueblo cuyo nombre vasco se traduciría como «puerta secreta» o «puerta del frío». Cuatro años después «se repitió el flagelo, esta vez de tifus» y en 1870, dos años después de la extraña desaparición del párroco del pueblo, «se produjo la tercera y última epidemia, y evidentemente la más mortal: el cólera».

Muguruza relató que solo tres vecinos huyeron a tiempo. El cementerio se quedó pequeño y los cadáveres fueron enterrados diseminados por la ladera. «Pero lo extraño de estos hechos en que, salvo en estos puntos, en ningún pueblo ocurrió nada parecido a pesar de encontrarse relativamente cerca. Desde entonces quedó deshabitado y se empezó a tejer su leyenda de aldea maldita», decía en el artículo.

El vitoriano Enrique Echazarra fue uno de los apasionados del mundo del misterio que acudió a Ochate por aquel entonces. Sugestionados por la leyenda, algunos llegaban predispuestos a confundir las luces de un avión con un ovni, o los ojos del ganado que pastaba por el lugar con espíritus. «No vi nunca nada», asegura Echazarra a ABC. Interesado por la historia de Ochate, comenzó a investigar las epidemias «selectivas» que arrasaron el lugar. «Enredando entre archivos de Burgos y Álava, cuál fue mi sorpresa al ver que en los documentos no se hablaba de epidemias, sino de la vida normal de un pueblo más que se fue despoblando», relata.

Echazarra llegó a contactar en una residencia de ancianos con José Miguel Aránguis, un abuelo de 80 años que había vivido su juventud en Ochate, ya que no se despobló en 1870, sino años antes de la Guerra Civil. El último habitante de Ochate «estaba muy sorprendido de lo que se decía de su pueblo. Nos dijo que allí nunca había habido ni brujas, ni fantasmas, ni ovnis», señala.
«La leyenda del pueblo maldito de Ochate es falsa»
antonio arroyo
Ochate, en el condado de Treviño

Antonio Arroyo y Julio Corral recogieron este testimonio de Aránguis en su libro «Ochate, realidad y leyenda del pueblo maldito» (2007), así como las investigaciones que llevaron a cabo durante dos años y medio, entrevistando a lugareños y consultando archivos históricos, censos y catastros.

El pueblo, que según los datos documentales ya existía con el nombre de Gogate allá por el siglo XI, «nació al borde de una antigua calzada que unía el valle con un Camino Real» y su abandono «tuvo mucho que ver con el aislamiento al que fue sometido con el nacimiento de un nuevo Camino Real, que dejó a Ochate desubicado en favor de otros pueblos», destaca Arroyo.

«Ese aislamiento hizo que poco a poco fuese languideciendo hasta acabar siendo abandonado por sus últimos habitantes en las primeras décadas del siglo XX», añade el investigador, que resume así la vida del pueblo: «un camino le dio la vida y otro se la quitó».

Arroyo y Corral investigaron qué fue del cura desaparecido en 1868 y dieron con una serie de cartas en el obispado de Calahorra. Su pista acababa en Brasil. «Localizamos y entrevistamos a la sobrina nieta de Antonio Villegas, que era el nombre de aquel párroco cuya desaparición tuvo poco que ver con motivos paranormales y mucho con una historia de amor y rebeldía que bien merecería una novela», afirma.

Tampoco la necrópolis a la que alude Muguruza guarda ningún misterio. «Data de los siglos IX-X y es similar a otras de su época como Revenga o Cuyacabras» y los enterramientos «muestran túmulos de distintos tamaños, tanto de adultos como de niños», apunta Arroyo. Hay tumbas que no guardan el tamaño original, añade Echazarra, porque «están en una colina y con el paso del tiempo se están desmoronando».

«La leyenda de Ochate es falsa y se ha demostrado. No tiene fundamento, no cuadra nada», remarca Echazarra. Ni siquiera el nombre original del pueblo se refiere a ninguna puerta secreta o del frío, ya que etimológicamente Ochate deriva de Gogate y éste «hacía mención a la geografía del lugar, como pueblo de arriba» del camino, explica el autor de «50 Lugares Mágicos del País Vasco» que ya en 2001 defendió su visión crítica del misterio de Ochate.

A su juicio, «Muguruza se pilló las manos porque ubicó la historia demasiado cerca de nuestro tiempo». Sin embargo, dice, «sigue erre que erre» con sus teorías en su libro. «Cuenta que Ochate fue un enclave de los templarios, que hubo presencia alienígena... ¡y no es una novela! Son sus investigaciones», se sorprende este colaborador de «Cuarto Milenio». A Íker Jiménez, que incluyó Ochate en su libro «Enigmas sin resolver» y que ha abordado el tema en varias ocasiones en su programa de televisión, le envía un mensaje: «Falta el programa definitivo que sentencie el tema».

«El Bélmez vasco»

El periodista Luis Alfonso Gámez, autor del blog «Magonia», tiene muy claro que «Ochate es una leyenda de chichinabo» que «se inventó Prudencio Muguruza» y se convirtió «en el Bélmez vasco». Como las supuestas caras de este pueblo andaluz, es «otro montaje».

«Algunos le hemos pedido a Prudencio durante décadas que enseñe documentos, pero no lo hace», apunta Gámez. Es una actitud muy común en los «supuestos expertos en lo paranormal que se inventan cosas y cuando les pides las pruebas dicen que los documentos se perdieron, hablan de tradición oral...», dice.

El autor de «El peligro de creer» (Léeme libros, 2015) añade que la foto del supuesto ovni «no era más que una nube iluminada», que vendió en 1982 por medio millón de pesetas a un industrial alavés que hizo pósters con la imagen. Así pasó de ser un empleado de una entidad bancaria, a testigo de un supuesto avistamiento y a «ganarse la vida explotando la ingenuidad de los demás».

Aunque el «pueblo maldito» de Ochate ya no sufre la invasión de romerías esotéricas de los años 80, que dejaban los campos pisoteados, restos de hogueras por doquier y cantidades ingente de basura para desesperación de los pocos habitantes del lugar, aún sigue suscitando el interés de los creyentes en lo paranormal y de muchos curiosos. «Los testimonios sobre presuntos fenómenos paranormales han sido abundantes durante los últimos 30 años, y eso es un hecho incontestable. A partir de ahí, habría que analizar si puede tratarse de un fenómeno de sugestión colectiva, de fenómenos naturales mal comprendidos o de una mezcla de todo ello. Que cada cual lo juzgue según su criterio, señala Arroyo.

«Esto es imparable», constata Echazarra. Ochate, «como fenómeno sociológico, es impresionante».

Fuentes: ABC.ES
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Jordi Ardanuy duda unos instantes al otro lado del teléfono. «De cuando en cuando resurge el caso del vampiro de Borox y la historia del ataúd maldito y me vuelven a llamar, pero no respondo nunca», señala. Para el autor de «Vampiros, ¡vaya timo!» (Laetoli), el asunto está zanjado. La leyenda que aún sigue pululando creció por «una cadena de errores, despropósitos y alguna casualidad» a partir de un relato de literatura fantástica.

Alfonso Sastre, el autor de «Las noches lúgubres» que sin saberlo originó todo el embrollo, se lo dejó bien claro en una de las cartas que envió a Ardanuy en 2005. «¡Todo es imaginario!», exclamaba.

«Hay quien dice que quedan cosas sin aclarar, pero eso no es cierto», remarca el profesor de la Universidad de Barcelona. La relación que mantuvo por carta con el ya anciano escritor y dramaturgo vasco «fue continuada» y él siempre le aseguró que no se había basado, ni siquiera tangencialmente, en ninguna leyenda o historia local para su narración de «Las noches del espíritu santo».

En su relato de 1964, Sastre decía que «en 1898, el año de Cuba, fue desembarcado, en el puerto de Cartagena, un ataúd yugoslavo cuyo contenido se ignora y que muy bien pudo ser la semilla del vampirismo español posterior que parece extenderse hasta Almería por el sur y cruzar la península hasta La Coruña, como un ramalazo, señalándose casos importantes en la provincia de Toledo -por ejemplo el vampiro de Borox-».

Un abogado madrileño interesado en los vampiros, A. M. García, leyó la narración incluida en la «Antología de la Literatura Fantástica Española» de José Luis Guarner (1969) con el título «Historia popular de los vampiros Zarco y Amalia». Años después el abogado habló de esta historia al escritor Miguel Gómez Aracil, dando como probable que tuviera algún substrato real y sin anotar su origen, quizá por ignorarlo por el tiempo transcurrido, opina Ardanuy.

En el informe que escribió Aracil a partir de los relatos del jurista se indicaba la llegada de un «ataúd clásico» al puerto civil de Cartagena, donde estuvo depositado hasta que en 1915 fue reclamado por un particular de La Coruña. Tras cumplir las diligencias pertinentes, se envió por carretera el ataúd y comenzaron los «casos de ataque vampírico» en las localidades en las que éste hacía escala, como Alhama del Segura, Almería, Toledo, Santillana del Mar, Comillas y La Coruña. En Borox se llegó a hablar del vampiro de Borox, según el escrito.

El féretro fue finalmente devuelto a Cartagena, donde se hizo cargo, según este texto, un noble serbio que se alojaba en una posada en la Calle Mayor de Alhama de Murcia y al que sólo se le veía de noche. El aristócrata, sin embargo, desapareció y el ataúd fue finalmente inhumado en el cementerio de Cartagena.

Aracil citó el caso en su libro «Vampirismo: magia póstuma de los no-muertos» (1986) y en 1992 la revista «Ritos» que dirigía publicó un reportaje firmado por Miguel Montero de Espinosa sobre una sesión de espiritismo en Cantabria en 1917 para combatir a un vampiro.
Sin rastro del ataúd

Jordi Ardanuy investigó en 1993 los detalles de este documento junto a Martí Flò y Valentí Ferran y tanto en grupo como de forma individual viajaron a los lugares citados. En Cartagena «no existía ninguna entrada que se correspondiese con el caso» en los dos cementerios para uso civil de la ciudad. Tampoco los historiadores locales o los archivos de la Marina de Cartagena arrojaron ninguna luz.

No hallaron rastro de los certificados sanitarios que habrían sido precisos para el traslado del ataúd, ni del aviso que habría publicado el gobernador en el Diario Oficial de la Provincia sobre la desaparición del serbio y el entierro del féretro.

Ni en Santillana del Mar, ni en Comillas, ni en La Coruña encontraron ninguna prueba del supuesto paso del ataúd. Solo en Borox (Toledo) dieron con dos personas de cierta edad a las que les sonaba la historia. «Parecía pues que la leyenda del vampiro, fundamentada o no, había existido», y así lo plasmaron en su libro sobre «Vampiros» (1994).

«Lo que hicimos fue liarla más», se lamenta Ardanuy, que explica así los testimonios recabados en Borox: «Alfonso Sastre es un autor de cierto reconocimiento y, probablemente, como hablaba de Borox se habría comentado algo en el pueblo».
Se resuelve el enigma

Años después retomaron la investigación y lograron resolver el enigma del ataúd maldito, al dar con el abogado A. M. García, que por error aparecía en el libro como toledano y aficionado a la heráldica.

«Conocía perfectamente nuestro libro», pero «creía que existía otro abogado toledano interesado en heráldica y autor de un informe original», explicaron en 2006 Ardanuy, Fló y Ferran. «Nada más lejos de la realidad. El informe estaba escrito por Aracil, a partir de los relatos del jurista y lo demás fue una cadena de errores».

«El "vampiro de Borox" del que nos habían hablado en esa población de la Sagra era simplemente una creación literaria de Sastre y había dejado solamente una tímida huella en tal población toledana. Errores, despropósitos y alguna casualidad lo convirtieron en un Expediente X», concluyeron.

Hay quien, sin embargo, se resiste a abandonar la idea del viaje de un ataúd maldito por la España de principios del siglo XX e incluso dice haber localizado la tumba del vampiro con una lápida dañada por el paso del tiempo con una inscripción de un murciélago. «La asociación de murciélago y vampiro es reciente», aclara Ardanuy. Fue Bram Stoker quien los unió en el imaginario colectivo con su «Drácula». Otra novela.

Fuentes: ABC.ES
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El tesoro maldito de Eva Braun

Los herederos de la amante de Hitler dejan de reclamar los regalos del Führer; Alemania deberá gestionar el incómodo legado nazi, conocido como «museo pardo»


ABC
Eva Braun y Adolf Hitler en el refugio del dictador nazi


EFE
Al cumplir 27 años, Hitler regaló a su amante este reloj de brillantes, con la fecha y la inscripción «afectuosamente, Hitler»


EFE
La pintura «Gebirgslandschaft an der spanischen Küste» (Paisaje montañoso en la costa de España), de Fritz Bamberger, datada en 1859, estaba en la colección de Eva Braun

Eva Braun tenía 17 años y trabajaba como asistente y modelo para el fotógrafo personal de Adolf Hitler –que era Heinrich Hoffmann– cuando conoció al líder nazi en Múnich. Dos años después de ese encuentro en 1929, Braun y el dictador alemán comenzarían a verse habitualmente transformándose la joven fotógrafa en amante del nazi quien comenzaría a agasajarla con regalos de todo tipo.

El tema acerca del origen y destino de los regalos de Hitler a Braun –y en general del arte robado por los nazis– volvió a removerse nuevamente ayer, ya que la Pinacoteca de Múnich ha confirmado que un sobrino ya fallecido de la amante del Führer presentó un recurso ante el Tribunal de Múnich para que se le restituyan a la familia los regalos que Hitler hiciera a Braun. Pero los herederos del sobrino –según confirmó ayer el museo bávaro– han rechazado continuar con la demanda.

Empadronado en Múnich
Hacia 1936, Eva Braun formaba parte del hogar de Hitler en la residencia de Berghof, donde llevó una vida alejada de la Segunda Guerra Mundial, concentrándose en su trabajo fotográfico: es la autora de gran parte de las fotos y vídeos en color que se conservan de Adolf Hitler. A medida que el Tercer Reich comenzaba a derrumbarse, Eva Braun juró lealtad al dictador y viajó hasta Berlín para estar al lado del Führer en el búnker. Ahí, ante la cercanía de las tropas del Ejército Rojo y bajo la Cancillería del Reich, Braun y Hitler contrajeron matrimonio el 29 de abril de 1945 –ella tenía 33 y él 56 años–, menos de dos días después ambos se suicidan; Braun con la ingestión de una cápsula de cianuro.

El tesoro de Braun reabre el debate de la gestión del legado nazi en Alemania
A la hora del suicidio, Hitler se encontraba empadronado en Múnich, razón por la cual el ministerio de Finanzas de este Land recibe los derechos de autor de «Mein Kampf», libro que pertenecían a la editorial del partido nazi Eher-Verlag y con la obligación de evitar su publicación. También recibe obras de arte y numerosos objetos de valor que han ido a parar a la colección de pintura del Estado de Baviera, como un reloj de brillantes grabado con el nombre de Eva Braun que Hitler regaló a su amante con motivo de su 27 cumpleaños. El reloj en cuestión, que se encuentra almacenado en el depósito de la pinacoteca bávara, fue uno de los objetos reclamados por su sobrino, información que ha confirmado ayer dando un nuevo giro al encendido debate acerca del arte robado por los nazis.
Demanda desactivada
Luego de la muerte del sobrino de Braun, sus herederos han rechazado continuar con la demanda que no sólo incluía el reloj de brillantes sino una pintura que perteneció a la fotógrafa: «Gebirgslandschaft an der spanischen Küste» (Paisaje montañoso en la costa de España), de Fritz Bamberger, una obra que se encuentra en el sitio web Lost Art, ya que no está descartado que fuera robada a familias judías. En el fondo de obras de arte de la Pinacoteca de Múnich se encuentra gran cantidad de objetos de valor procedentes de la época nazi, sobre todo piezas de arte que pertenecieron al círculo de poder de Hitler: pasadores de corbata, gemelos de oro o collares de brillantes que pertenecieron a Hermann Göring, Julius Streicher o Martin Bormann.

El estado alemán aún no ha decidido al respecto de la herencia nacionalsocialista
Hitler quería cultivar una imagen de héroe casto; se consideraba a sí mismo atractivo para las mujeres y quería permanecer soltero para aprovecharlo, por ello él y Eva Braun nunca aparecieron juntos en público. Por otra parte, toda la familia de Eva Braun sobrevivió a la guerra: su madre Franzisca vivió en una granja en Baviera y murió en 1976 a los 96 años, su padre Fritz ya había muerto en 1964, su hermana Gretl murió en 1987 e Ilse –la mayor, que no formó parte del círculo cercano de Hitler– falleció en 1979.
El tesoro maldito de Eva Braun ha reabierto el debate acerca de la gestión alemana respecto del arte robado por los nazis y las pertenencias de Hitler y sus comandantes. Se acaban de cumplir ochenta años de la llegada del líder nazi al poder y el Estado germano no ha sido capaz de tomar decisiones respecto del legado nacionalsocialista que se encuentra en diferentes instituciones como la Pinacoteca de Múnich.

El caso Gurlitt hizo que se creara una comisión especial que gestionaría las obras encontradas, pero hasta ahora no hay resultados claros. Las propiedades extraídas a las víctimas del nazismo deben ser devueltas a sus propietarios o descendientes, así lo establece la Declaración de Washington, firmada por más de cuarenta Estados en 1998 (Alemania entre ellos).

Coleccionistas y arte robado
Las discusiones acerca de quién, cómo, dónde buscar arte robado por los nazis se dieron nuevamente cita esta semana en un coloquio sobre el tema en el Instituto de historia del arte de Múnich en la que se se cargó entre otros contra los actuales galeristas y casas de subastas: «Lamentablemente, las puertas de los marchantes de arte están generalmente cerradas para los investigadores», ha comentado el lunes Isabel Pfeiffer-Poensgen, la presidenta de la fundación pública alemana responsable de «la conservación y fomento del arte y cultura» en Alemania. Según Pfeiffer-Poensgen, «si los galeristas abrieran sus puertas, sería el comienzo de una estupenda amistad». La casa Neumüller que dejó investigar su pasado nazi y entregó su informe en 2012, «sigue siendo una gran excepción».
JOSÉ PABLO JOFRÉ / CORRESPONSAL EN BERLÍN
Día 04/07/2014 - 10.49h
Fuentes: ABC.ES
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